La Curva de Molina: un legado que no se entrega ni se vende

Marylee K. Blackman T. / Maracaibo, Zulia / [email protected]
La familias González Molina y Molina Leal, herederas del fundador de la Curva de Molina, recuerdan con orgullo a quién fue el pionero de la principal zona comercial al oeste de Maracaibo

(Fotos José Nava)

Ramón Molina fue el fundador de La Curva de Molina, un enclave comercial que con el pasar de los años sufrió una metamorfosis que terminó convertida en una zona caótica, dónde el comercio se fusionó con el transporte público y el asentamiento no planificado de comunidades en terrenos al oeste de Maracaibo.

La Verdad tuvo la oportunidad de visitar y conocer a la familias González Molina y Molina Leal, herederos del legado de Ramón Molina, quiénes con mucho amor, respeto y orgullo recuerdan a su padre y abuelo como un hombre trabajador, solidario y de fuertes principios.

¿Por qué La Curva de Molina?

Ramón Antonio Molina Vílchez llegó a Maracaibo en el año 1943. Provenía de una familia muy humilde, pero vino con la idea de establecerse en la ciudad. 

Ese mismo año, en un terreno ubicado en la vía hacia La Concepción, logró comprar una parcela donde estableció un abasto en el que ofrecía diversos productos: víveres, pastillas, golosinas, bebidas refrescantes, trampas para ratones, chimó, tabaco en rama y kerosene. 

Su hija, Egla Molina, habla con orgullo y nostalgia a su papá. "Cuándo alguien venía de la Concepción a hacer sus compras en Maracaibo y olvidaba algo se detenían en el abasto de papá", recuerda. 

El abasto estaba ubicado justamente en un tramo que era una curva de la vía. "La gente comenzó a asociar el lugar con el apellido Molina y daban esa referencia. De allí se popularizó el nombre "La Curva de Molina", que luego derivó en el nombre oficial del negocio.

Poco a poco se fue dando el cambio en el sector. Con los años se establecieron otros negocios, buhoneros y vendedores informales también hicieron su aparición. Por otro lado comenzaron los asentamientos y las invasiones para construir viviendas. Se crearon rutas de transporte público y la circulación de vehículos aumentó considerablemente. 

Molina también se adaptó al crecimiento de la población y al agite comercial de la zona y construyó locales en el que varios comercios comenzaron a operar. "Esos locales poco a poco se fueron alquilando. Él siempre tuvo una visión de expandir el negocio y que otros también se beneficiaran", cuenta su hija.

En total eran 17 comercios que funcionaban allí. En ese punto llegaron a estar una tipografía, una perfumería esotérica, una joyería, una tienda de víveres de una pareja asiática, entre otras. 

Recuerdos imborrables

"Mi abuelo no sabía leer ni escribir, aprendió solo", dice su nieta Michelle, a quién le brillan los ojos cuándo lo menciona. De niña, era ella quién acompañaba a Ramón en sus recorridos por el sector La Curva. "Abuelo iba con frecuencia y yo le acompañaba", señala.  

En un espacio de la casa, que se habilitó como oficina, ella recuerda que era como una "asistente" de su abuelo. "Yo hacia los recibos de cobro de los alquileres y le llevaba algunas cuentas. Creo que por eso terminé estudiando administración de empresas", cuenta.

El no saber leer ni escribir no fue impedimento para que Ramón cumpliera sus metas. Con el paso del tiempo logró construir su primera casa, que estaba detrás del negocio principal, que para ese momento ya era muy conocido. "En esa casa nací yo. Cuándo nació mi hermano ya vivíamos en la casa nueva", comenta Egla.

Molina se casó y tuvo dos hijos: Egla y Ramón Antonio. "Por 56 años mi abuelo cuido a mi abuela y protegió a su familia. Veló por ellos", cuenta Yohanna, otra de sus nietas. 

Trabajando y ahorrando, Molina compró una vivienda en el proyecto urbanístico La Floresta. "Él amaba este sector y nunca quiso irse de aquí, lo tenía como suyo y lo hizo suyo".

A pesar de no poder estudiar ni formarse, Ramón comenzó a llevar un "diario", en el que anotaba los acontecimientos más importantes del día a día en La Curva. Este es uno de los tesoros que con mucho celo resguardan sus familiares.

En un viejo cuaderno, con sus hojas ya amarillentas, nos encontramos con la letra de Ramón Molina y sus peculiares pero muy interesantes anotaciones.

"Hoy 20-02-1948 se mudaron Domingo Vílchez y María Molina para la casa que construyeron en las cercanías de La Curva, primera vivienda fabricada en estos terrenos con autorización de Eudomario Fernández". "El 10 de diciembre de 1977 fue instalado el primer semáforo en La Curva". "El 23-09-88 inaugurado el Retén del Marite", son algunas de sus notas.

También aparecen fechas de periodos presidenciales, datos, anécdotas, recortes de obituarios y notas de interés general o con breves reseñas sobre La Curva.

"Mi abuelo había querido ser abogado y periodista, pero sabía más que cualquier profesional. Aprendió a leer y escribir de adulto y su sabiduría se forjó de la observación y la escucha. Le gustaba registrar la historia y escribirla", dice Yohanna. 

Además, cuentan que su abuelo era autodidacta, disfrutaba leer el Almanaque Mundial, estudiar los datos y hacer comparaciones cada año, además de escuchar programas en la radio y conocer la historia sobre la Maracaibo rural.

"Él siempre nos animó a trabajar y a estudiar para formarnos, pero también decía que era importante aprender un oficio para completar nuestra educación", recuerdan ambas jóvenes.

"La Curva de Molina no se vende"

El 2 de enero de 2020, los González Molina y Molina Leal iniciaron el año con una amarga sorpresa: la intervención de los locales que hacían vida comercial en la zona. En ese momento se comenzaron los trabajos para la recuperación del asfaltado, los semáforos y las caminerías del sector La Curva.

"Fue un duro golpe, un shock difícil de asimilar. Muchas familias fueron afectadas por este desalojo. Por esos locales que construyó mi papá pasaron tres generaciones de comerciantes: padres, hijos y nietos. No es nada fácil ver como destruyeron sin previo aviso años de trabajo e inversión", expresa Egla Molina.

La familia concuerda en decir que son conscientes de que La Curva se volvió muy caótica y desordenada, pero también expresan su desacuerdo por la forma como fue ejecutado todo.

"A nosotros en ningún momento nos consultaron ni nos pidieron llegar a un acuerdo. Desde siempre nosotros nos hemos negado a vender o ceder los terrenos que son legalmente de mi familia. Esa intervención, esa recuperación si era necesaria, pero no de la manera como se dio".

También expresan que "es falso que hayamos vendido o cedido los terrenos y mucho menos que nos pagaran una suma de dinero por eso. La Curva de Molina no se vende". 

Aclaran que ellos no son millonarios ni dueños de grandes fortunas. "Todo lo que hizo mi papá, lo que construyó y lo que tuvo fue a punta de trabajo, ahorro, esfuerzo. Nos dio casa, educación, alimentos sin pedir nada a nadie. Y todo lo que tenemos hoy y hemos logrado es producto de su trabajo y el nuestro", refiere su hija.

Por su parte, Michelle expresa que, "mi abuelo fue un hombre muy querido y respetado, nunca tuvo problemas con nadie. Ayudó a muchas personas, siempre tenía algún consejo para quien lo buscaba y lo necesitaba. Siempre tuvo el pensamiento de ayudar a otros. Él creía que todos debían tener la oportunidad de prosperar y alcanzar lo que se propusieran. Era muy firme con eso".

Siendo el centro de la vida comercial del oeste de Maracaibo, La Curva de Molina continua allí, en el recuerdo de las familias González Molina y Molina Leal, herederos de un legado que no se entrega ni se vende.

El señor Ramón Antonio Molina Vílchez sufrió un accidente cerebro vascular (ACV) y falleció el 19 de agosto de 2001. "Cuándo mi papá estuvo internado, ahí junto a él, le hice una promesa: mientras sea posible mantendremos viva tu Curva de Molina", expresa su hija Egla.

La Curva de Molina despidió a su fundador, quien además de darle su nombre, entregó su vida y trabajo sin esperar nada a cambio.

 

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