“Pasé la enfermedad sola por miedo al gobierno”

Reyna Carreño Miranda / Maracaibo, Zulia / [email protected]
El testimonio de una zuliana que se sintió enferma y decidió no buscar asistencia médica

(Fotos: José Nava)

“Sentí como una carraspera y pensé que me iba a dar gripe”. Mariana despertó ese sábado con molestias para tragar, pero jamás pensó que esa leve dolencia era el inicio de un solitario calvario.

La señora de 64 años de edad vive sola, ya que es viuda y sus hijos están fuera del país. “Me gusta estar así. Ellos me envían todo lo que necesito y yo cuido la casa, por si algún día regresan”.

Mientras se acomoda una y otra vez el tapaboca, comenta que “yo pasé ese fin de semana con el cuerpo malo, pero jamás pensé que era el virus, porque yo nunca me quito esto”, y se da unas palmadas en la mejilla.

Antes de enfermarse, su única salida fue al odontólogo. “Se me partió una calza y me dolía mucho, así que me forré y me fui a la clínica, para que me viera el dentista”.

“Tosía y tosía, pero no botaba nada”

Siete días pasaron antes de presentar los primeros síntomas: dolor de garganta y dificultad para tragar, dolor de cabeza, fiebre y malestar general.

“Así estuve hasta el quinto día, tomando acetaminofen y té de toronjil con malojillo. Hasta ese momento podría jurar que estaba pasando una gripe sin mocos”, relata.

La madrugada del jueves despertó con una sensación de ahogo y deseos de toser. “Era como si tuviera el pecho congestionado pero sin moco. Tosía como para botar algo, pero no me salía nada”, recuerda.

Mariana tiene una hija que es médico intensivista y que migró con su esposo y su hija hace dos años. “Siempre estoy en contacto con ella y esos días mucho más. Le iba contando cómo me sentía y esa madrugada me dijo que tal vez tenía el virus”.

Con énfasis afirma que había escuchado tantas historias de lo que pasa en los hospitales que juró que de su casa la sacarían muerta. “Cerré puertas y ventanas, porque no estaba dispuesta a que me sacaran de mi casa por la fuerza”.

“Sentí que me iba a morir”

Sus tres hijos, dos en Estados Unidos y uno en Chile, se pusieron de acuerdo para cuidarla a larga distancia. La doctora le encargó las medicinas y un ciclista de entrega a domicilio las dejó en la puerta de su casa.

“Me puse malita. Me dolía el pecho y la espalda, como si tuviera un peso y me sentía hinchada desde la cintura y hasta la cara. Me costaba para respirar y sentí mucho mareo”, relata.

“Me dio temor que los vecinos se enterarán y que me denunciaran al Consejo Comunal”.

Además, enumera que tuvo diarrea y vómitos, dolor en la boca y los dientes, y todas las madrugadas se despertaba con sensación de ahogo. “Así, igualito como cuando tienes el pecho apretado”.

Solo se levantaba para ir al baño y beber agua o suero. Así estuvo una semana más, casi sin comer ni pararse de la cama.

“Una noche sentí que me iba a morir, porque el aire no me entraba a los pulmones, entonces decidí quedarme tranquilita, boca abajo, y comencé a rezar”, asegura.

Fue una decisión a todo riesgo

Después de dos semanas de tratamiento en casa Mariana sintió una mejoría. “Pero eso no es que se quita así como así”, exclama y admite que le costó volver a respirar bien y hasta caminar.

Al mes cumplido salió de su casa para hacerse una placa de tórax y la doctora que la atendió le dijo que tenía inflamación en los bronquios. “Me puso otro tratamiento y aquí estoy, todavía recuperándome”.

Cuándo le preguntan por qué no se hizo las pruebas o acudió a un médico, admite que fue una decisión arriesgada. “Lo hice a todo riesgo. Sabía que me podía pasar lo peor, pero prefiero morirme sola en la casa a que me lleve el gobierno”.

 

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