José Gregorio muere por la fractura de cráneo al caer tras ser arrollado

Julio Gutiérrez / Maracaibo, Venezuela / [email protected]
Se cumplen este lunes 101 años de la muerte del médico trujillano, cuya beatificación fue anunciada por el Vaticano el pasado 19 de junio

(Foto: Agencias)

La fractura en la base del cráneo causada por el impacto contra la acera al caer tras ser arrollado el 29 de junio de 1919, en Caracas, fue la causa de la muerte de José Gregorio Hernández, de quien el Vaticano anunció el pasado viernes 19 su beatificación.

“El golpe fue seco. El cuerpo queda inmóvil bañado en un charco de sangre. Apenas se reconoce su rostro desfigurado. Su aspecto es lamentable. El impacto contra la acera le produce una fractura en la base del cráneo”, cuenta Marcel Carvallo Ganteaume, familiar del médico trujillano, en su libro José Gregorio Hernández, un hombre en busca de Dios.

El accidente ocurrió a las 2.00 de la tarde de ese domingo en la esquina de Amadores, en La Pastora.

Añade que el doctor Hernández llegó al Hospital Vargas, ubicado muy cerca del lugar del accidente, “sangrando por la narices y por las orejas. Una pequeña herida en la sien sangra abundantemente”.

Coincide con el informe forense que presentó el doctor Luis Razzeti, amigo de José Gregorio, quien cuando llegó al centro asistencial lo encontró muerto. 

Además de confirmar la fractura en la base del cráneo y el sangramiento en la cara, el especialista constató también que presentaba edema bajo los párpados y moretones en las piernas por encima de la rodilla.

Varios historiadores coinciden en señalar que el médico trujillano llegó sin vida al Hospital Vargas o murió inmediatamente al llegar.

Trece días con certificado

José Gregorio Hernández fue arrollado por un carro marca Hudson Essex de 1918, conducido por el joven Fernando Bustamante, de 28 años. El vehículo iba a 30 kilómetros por hora.

Bustamente tenía un taller mecánico, estaba casado, tenía dos hijos y su esposa esperaba el tercero. 

Ese día apenas cumplía 13 días de haber recibido de parte del Gobierno del Distrito Federal el certificado número 444 que lo autorizaba “para conducir un automóvil con motor de gasolina”.

Circulaban en la capital del país unos 700 vehículos. Hacía más de 15 años de la llegada del primero.

Salió del taller y comenzó a subir por las angostas y solitarias calles rumbo a La Pastora.

José Gregorio salió de la botica de Amadores, donde compró unas medicinas para una anciana enferma que acababa de atender y que no tenía dinero para comprarlas. 

Atravesó la calle en el preciso momento en que acabada de pasar por un extremo el tranvía, pero no logró visualizar un carro que esquivaba el tranvía por el otro extremo.

 “Al rebasar el tranvía marchando en tercera, vi que alguien inesperadamente se me puso al frente. Intentando no aporrearlo, giré el volante a la izquierda, pero ya era demasiado tarde; el guardafangos de mi auto golpeó la pierna de esta persona que por el impacto fue a dar varios metros adelante”, declaró el conductor sobre el accidente.

Prosiguió: “Yo entonces detuve el auto a ver si se había parado, pero lo vi en el suelo y reconocí al Dr. José Gregorio Hernández, y como éramos amigos y tenía empeñada mi gratitud para con él por servicios profesionales que gratuitamente me había prestado con toda su solicitud, me lancé del auto y lo recogí ayudado por una persona desconocida para mí”.

“Le conduje dentro del auto y entonces en interés de prestarle los auxilios necesarios le llevé tan ligeramente como pude al Hospital Vargas, hable con el policía de guardia y le expliqué lo que había sucedido. Rápidamente se acercó un interno y entre todos llevamos al doctor adentro; como en ese momento no había ningún médico en el hospital me fui a buscar al Dr. Luis Razetti, encontrándole en su casa”, añadió.

Continuó: “Al llegar al hospital un sacerdote que venía saliendo nos dijo que ya el Dr. José Gregorio Hernández había muerto”.

“Ni él pudo ver el carro, ni yo lo pude ver a él”, relataría 30 años  después.

Ese día, el doctor Hernández celebraba 31 años de su graduación como médico en la Universidad Central de Venezuela.

La familia no acusó

El Ministerio Público imputó a Bustamante por homicidio culposo, pero la contradicciones entre los 11 testigos, entre ellos el conductor y pasajeros del tranvía, y vecinos, obligaron al fiscal a solicitar al juez de primera instancia en lo criminal del Distrito Federal, Pedro Manuel Arcaya, la absolución del imputado. 

Cabe destacar que José Benigno y César Hernández, hermanos de José Gregorio, escribieron una carta al juez en la que hicieron constar “que la familia Hernández no ha pedido ni pide que se castigue a Bustamente, y así ninguno de nosotros se ha constituido acusador en el proceso, porque estamos convencidos de que el infausto y nunca bien lamentado hecho en que pereció el Dr. José Gregorio Hernández, fue debido a un accidente imprevisto, sin intención delictuosa alguna del expresado Bustamente ni culpa suya”.

“Dios en sus altos designios dispuso sin duda que el Dr. Hernández falleciera del trágico e inesperado modo en que sucedió su muerte, y nosotros nos conformamos con su soberana voluntad”, agregaron en la misiva.

 Bustamante falleció el domingo 1 de noviembre de 1981, a los 84 años.

“Mi hermano duró pocos días detenido. La justicia supo comprender que había sido un accidente donde Fernando no tuvo culpa alguna”, dijo uno de sus hermanos en sus exequias.

Contó también que Bustamante se convirtió en un fiel creyente de José Gregorio Hernández, a quien le pidió varios milagros.

"No pasaban carros"

Sin embargo, la doctora María Isabel Giacopini, profesora de la UCV, defensora del legado médico de Hernández e investigadora sobre su vida, presentó en 2014 una hipótesis diferente sobre la su muerte.

Aseguró que, según contaron los vecinos, entre ellos Gustavo Salazar, el Venerable iba apresurado a atender a un niño que se cayó de un árbol y estaba herido. Por eso había salido con tanta premura y distraído de la botica.

Señaló que por el lugar apenas pasaba el tranvía y algunos carruajes halados por mulas, por lo que no era usual que pasaran carros por el casco de La Pastora. “Por eso José Gregorio salió de la botica sin ver”, añadió.

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