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Barrio Chamo: Primer refugio de venezolanos en Lima

Redacción Zulia / Maracaibo/ noticias@laverdad.com
Se apagan las luces a las 10.00 de la noche  y se encienden a las 5.00 de la mañana, pues a esa hora los hornos calientan para preparar bombas y pasteles

René y Carolina abren las puertas de la casa de fachada amarilla y con un tricolor en la entrada. (Foto: Cortesía El Pitazo)

En Lima sin que nadie lo advirtiera, nació el primer refugio para migrantes venezolanos. Allí llegan quienes vienen cargados de maletas y con poco dinero, también se acerca el venezolano que fue estafado por un patrón explotador, ese que exige 12 horas diarias de trabajo y al final la paga no llega; el que no pudo reunir el arriendo y debe desocupar la habitación, y los jóvenes. 

Para esas personas solo hay una respuesta: El refugio en San Juan de Lurigancho, recinto que hoy aloja a 80 venezolanos, cifra que crece imparable gracias al boca a boca y a cierta exposición en los medios limeños.

René Corbeñas es peruano, empresario y también, según cuenta, emigrante forzado. La crisis peruana de los 90 lo llevó a irse a Japón, donde conoció la solidaridad y respeto, pero también el hambre, el rechazo y la soledad.

De su historia personal nacen sus ganas de ayudar y así, al conocer a una caraqueña y saber todo lo que pasó para llegar a Perú, decidió ayudarla a traer a sus familiares. Eran muchos, se buscó una casa, y poco a poco un venezolano comenzó a llevar a otros, transformándose en un refugio, una fábrica de bombas y dulces y también una oficina de asesoría legal informal.

Comunidad creciente 

Según el último censo de la Superintendencia Nacional de Migraciones del Perú, 100 mil venezolanos viven en el país, unos aclimatados con empleos o emprendimientos satisfactorios; otros, extraviados y sin estabilizarse.

Esa migración que alteró la composición de la sociedad peruana, desde el habla hasta la economía inmobiliaria, es un fenómeno con mil caras que ha sobrepasado la política oficial, siendo el refugio de San Juan de Lurigancho, única iniciativa humanitaria a quien requiere apoyo en esta tierra extranjera.

El refugio es un ecosistema con precisión militar. Se apagan las luces a las 10.00 de la noche  y se encienden a las 5.00 de la mañana, pues a esa hora los hornos calientan para preparar bombas y pasteles.

De la pequeña fábrica viven por lo menos tres docenas de vendedores, desde chamos que dejaron la facultad, hasta hombres y mujeres de cualquier edad que necesitan generar dinero para enviar a Venezuela. Ellos salen con una caja de mercancía y regresan al anochecer. En promedio la ganancia es de 35 soles, la misma cantidad que puede ganarse con un salario mínimo en 10 o 12 horas de trabajo.

En Perú la jornada laboral de ocho horas es escasa y muchos exigen el Permiso Temporal de Permanencia (PTP), trámite que incluye los antecedentes de Interpol, a un costo de 80 soles. Dada la cantidad de solicitantes, mutó en un papeleo lento.

Mientras reciben venezolanos, solos, en pareja o con niños, los vecinos observan el movimiento. Está el señor de la bodega de enfrente, que no contrata ayudantes venezolanos pues, según cuenta su nieta, se van sin avisar: “Nosotros los peruanos somos luchadores y no nos gusta la gente que se va. A mi abuelo se le han ido tres jóvenes de Venezuela y por eso no queremos contratar más. Piden trabajo y lo dejan”.

También están los vecinos solidarios que dan consejos a los recién llegados, usan el “chévere” y el “chamo” y miran con simpatía la presencia extranjera.

Nicho de historias 

Alexis Alvarado, un cumanés de 21 años, despertó una mañana y descubrió que sus panas le habían vaciado la cartera, las gavetas y hasta la alacena. 

El joven lleva 10 meses en Lima y trabaja 12 horas en un autolavado en El Cercado, contó que tras verse sin un sol para pasaje, decidió llegar hasta El Refugio y reunir dos o tres quincenas para alquilar de nuevo. “Yo compartía habitación con dos venezolanos más y estoy seguro de que me robaron. Llegué en la noche y no había nada, ni un par de medias. Tengo el pasaporte porque lo cargaba encima. Por ahora no me queda otra que aguantarme, pues quienes creía que eran panas resultaron ladrones”. 

En el lugar hay casos como el de Ana Mejías, quien con su hija de seis años, llegó a la capital peruana hace meses. El amor la llevó de Barquisimeto a la cuna del ceviche, se instaló con su niña y su pareja, pero la relación se rompió y con él, la estabilidad.

Para la madre compaginar empleo y crianza es casi imposible. Los horarios sobrepasan la escuela y en ninguna parte la aceptaron con la niña. Ambas terminaron en el refugio, donde duermen cerca de sus maletas, abrazadas en un colchón inflable. Como la de Ana, son varias las historias en las cuales los adultos se preocupan y los niños juegan ajenos al miedo y a las dudas.

En busca de ayuda

El refugio de San Juan de Lurigancho, una zona humilde de la capital peruana, tiene como apodo cariñoso el Barrio Chamo, nombre que los vecinos le dieron a la casita amarilla, a la fábrica de bombas y al sitio del que muchas veces salen acordes de joropo recio, de una gaita maracucha o cualquier canción de Nacho Mendoza, en las noches de fines de semana cuando más de uno extraña a su tierra y a sus afectos.

El Barrio Chamo hoy necesita ayuda. Corbeñas comenta que están sobrepasados. “Acá trabajamos y buscamos ayuda. Donde usted mire hay un colchón o una litera, pero llega gente y no puedo decirles que no. Dejarlo todo para buscar futuro es muy duro, yo lo viví y lo sé”.

Carolina, asistente de Corbeñas, llegó en diciembre de 2016 junto a su esposo, dejó atrás a tres niños con sus dos abuelos. Dice que reúnen dinero para traerlos. A la caraqueña se le ve cansada. Gerenciar el refugio es una tarea dura, mitad madre superiora, mitad mamá criolla. Al llegar la noche es la voz de la caraqueña quien comanda.

El refugio es una casa limpia, con distintas caras y testimonios. Está quien llegó hace días por boca de un amigo y está quien lleva meses y se niega a irse aunque tenga ingreso fijo. 

Corbeñas confiesa que hay planes no solo para mejorar el refugio, sino para respaldar a las familias. “Nos visitó el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), pues la situación de los venezolanos es similar a los desplazados de guerra, están fragmentados, solos y aspiramos a reunir a las familias, a los padres con sus hijos y a los abuelos con sus nietos”.

Al querer detalles sobre la alianza con ACNUR, Corbeñas prefiere callar, dice que la exposición mediática daña los esfuerzos y que tanto para él como para otras personas interesadas en el caso Venezuela, la meta es trabajar, lograr alianzas y materializar metas.

Por ahora, el refugio permanece abierto, pues hay venezolanos que niegan a irse, pero también migrantes decididos a ceder su puesto una vez encuentran empleo fijo, publicó El Pitazo.  

 

Cadena de favores

El Barrio Chamo tiene sus puertas abiertas, con su techo seguro pero también sus incomodidades. Si estás en abundancia y quisieras ayudar a otro venezolano tampoco te dirán no. Ellos necesitan gente solidaria para ayudar a tanto venezolano que dejó su patria y sus afectos. Para comunicarse con ellos marca el teléfono 0051- 944973060.

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