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Expolicía de 82 años implora limosna en la Basílica

Mariela Nava / Maracaibo / mnava@laverdad.com
  "¡Ayuda, ayuda!" Susurra el anciano en la acera izquierda de la Basílica para poder comer junto a su esposa. El hombre necesita atención médica. Es hipertenso, se ahoga y tiene escabiosis. Pide un peso portátil para poder seguir trabajando y dejar de pedir

El adulto mayor viene de San Francisco a Maracaibo para pedir dinero, aunque quiere trabajar. (Foto: Iván Lugo) 

En cuclillas y recostado en los barrotes negros que dividen la Basílica de sus vecinos en el centro de la ciudad, Justino Urdaneta, de 82 años, apenas tiene fuerza para sostener en su mano izquierda un pote plástico. Con voz temerosa susurra: "¡Ayuda, ayuda!", mientras que con la otra mano intenta impedir que el sol no le llegue de frente a la cara. Ahí pasa de seis a ocho horas diarias. Pide para comprar algo de comer. “Quisiera comerme un pedazo de queso y muchos guineos que me gustan mucho”.

Durante 10 años formó parte de la Policía de Caracas, cuenta que cuando su salud comenzó a desmejorar, renunció. “Yo hice un curso de seis meses. Me convertí en policía industrial para aquel entonces, pero yo quería ser criminólogo, era mi materia favorita”, rememora el anciano, al tiempo que sus pupilas grisáceas se inundan de lágrimas. “Yo tengo muy mala salud, me operaron dos veces de la próstata, me duelen los huesos y tengo escabiosis”.

Justino nació en El Saladillo, pero hoy vive en el municipio San Francisco a una cuadra del Palacio de Combate de Sierra Maestra. Comparte su vida con su esposa e hijo, de quien asegura: “Está medio loco”. Vive en una casita de Inavi y duerme con su mujer en una cama que está "toda destartalada”. 

Los tres golpes

El anciano dice que él y su esposa, Ángela Quesada, de 71 años, comen mal. “Tenemos una muy mala alimentación. Tratamos de comer los tres golpes, comemos pan, plátano con queso o lo que podamos”. La desnutrición de Justino es evidente. Aunque por momentos la serenidad se aparta de él al recordar que “ahora todo es peor”. 

Hasta hace 15 días, Justino llegaba a las 8.30 de la mañana a la acera izquierda de la Basílica con una báscula portátil. Ofrecía a los transeúntes darles su peso corporal a cambio de un billete, pero su instrumento se rompió de viejo. “Me vi en la obligación de pedir, qué más voy a hacer”. Confiesa que el calor de la mañana hace que se ahogue por sus problemas de salud. Antes hacía entre dos mil y tres mil bolívares diarios, ahora solo mil o mil 500. “Una báscula nueva cuesta 15 mil bolívares, de dónde saco yo tanto dinero”, lamentó el hombre. 

Peligro

En su frente ya lleva la primera señal del peligro que corren “los viejitos que piden en el centro”. Cuatro puntos de sutura. Se resbaló con su cotiza y se partió la frente. "Iba de prisa porque ese día ya era tarde para volver a casa. Me caí y cuando vine en mí estaba todo lleno de sangre, un hombre me llevó al Chiquinquirá, pero cuando me estaban cosiendo se robó la bolsa con las cosas y hasta las cotizas, me dejó sin nada”.

Hace años no toma ningún medicamento por falta de dinero. Dijo que intentó entrar en control en un Centro de Diagnóstico Integral en el municipio sureño, pero no lo logró. 

El abuelo solo pide que alguien le regale algo para poder trabajar y dejar de pedir, necesita comida y atención médica. Mientras tanto pide ayuda en las inmediaciones del icónico templo. “Yo quiero trabajar, aunque no puedo aguantar mucho sol porque me pongo mal. Sufro de la tensión, pero ojalá alguien me ayude”.

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