Diario La Verdad

La sombra de Maduro

Por Gustavo Ocando Alex / gocando@laverdad.com

El tumulto de la Academia Militar, que por poco derivó en violencia, fue el primer gran reto de Nicolás Maduro en cuanto a su influencia directa sobre el pueblo. La memoria de Hugo Chávez Frías será muleta eterna del presidente encargado. Intentará que su legado sea un pararrayos

Domingo, 10 Marzo 2013 00:00

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La multitud ya se convertía en turba. El sol, el calor y el hambre latigueaban a miles. La paciencia tenía los minutos contados. Los ánimos se teñían del rojo furioso que adornaba sus franelas y gorras. Querían rendir honor al comandante. Les urgía despedirlo, venerarlo. Bastaban dos segundos frente a su ataúd. Pero el rumor de que no les daría tiempo trotaba por el lugar con el peligro de quien fuma en gasolinera. Hasta que apareció el sucesor.

Llegó sobre un camión-tarima. Color rojo revolución, por supuesto. Con la mano derecha tomó el micrófono y estiró la otra hacia la gente. Su izquierda no mostraba el puño cerrado, como se lo vio levantarla una y mil veces junto al Presidente. Ahora la palma estaba abierta. Su gesto rogaba calma, sosiego. Su palabra imploraba “disciplina”. Y al final lanzó el órdago: siete días más de cuerpo expuesto, luego su embalsamamiento y por la eternidad a la vista. Aplausos y vítores. Alegría de catarsis. Fuera los demonios del pandemonio.

Aquel fue el primer gran reto de Nicolás Maduro en la era pos-Chávez. El ensayo perfecto. Un país que se desborda, una avalancha que fuerza las barandas. Y él, citando a su antecesor, sometió la tempestad antes de que el maremoto llegara a tierra. Siempre con su escudo, siempre con su Chávez, siempre con su salvavidas.

El episodio, ocurrido en la víspera de los funerales póstumos del mandatario y de su juramentación como presidente encargado, es reflejo de la gestión por venir. La memoria y legado de Hugo Chávez Frías será muleta eterna para Maduro. O al menos hasta las elecciones de abril. Será su santo y seña, su escapulario en tiempos aciagos.

El desafío, sin embargo, tiene bemoles. Chávez confeccionó para sí un traje a la medida. Se sentó sobre un trono de poder ilimitado, cuyos límites se expandieron a medida que consumía hojas el calendario. Se ensancharon mientras su liderazgo crecía hasta talla de paladín mundial de la izquierda.

He allí el laberinto de Maduro. Deberá calzar unos zapatos de marca mayor. Tendrá que vivir -y sobrevivir- bajo la sombra de su mentor. Y el espigado alumno no es Chávez. Lo saben los ministros que heredó. Están conscientes los mentores de Cuba. También están claros aquellos que sosegó entre un tropel en la Academia Militar.

Ser interlocutor póstumo de semejante liderazgo enquista un riesgo en la piel de Maduro. Y está prevenido ante la realidad. Él mismo vislumbró el horizonte durante las exequias. Fue tan transparente que hasta pareció pensar en voz alta: "Chávez garantizaba la paz y estabilidad de este país. El día que ese pueblo que ruge, que ahora está más consciente, no tenga rumbo claro y firme, volveríamos a la época del caos y la violencia".

El amparo de Maduro es y será la silueta de Hugo Chávez. En él se refugiará. Procurará hasta la saciedad que sea su pararrayos, incluso ante cielos despejados. Sin él no caminará ni a la esquina. Esa dependencia se cuela hasta en las arengas propagandistas: “Chávez, te lo juro, mi voto es pa’ Maduro”. La historia dicta que los liderazgos son intransferibles. En aquella asfixiante tarde a las afueras de la Academia le funcionó la transfusión chavista. El tiempo dirá si tal obediencia popular es infinita. Dictará si, en el cortísimo plazo, Maduro tolera el crisol de una elección.

 

Cita

"No ha habido ningún incidente en ningún lugar del país gracias al respeto del pueblo. Lo único que anhelamos para la patria es la paz, la paz con respeto y justicia, con igualdad, que es el legado en nuestra alma de nuestro presidente Chávez” 

 

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