Una princesa en Andorra

Martín Hernández / Médico / Profesor universitario / [email protected]
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Cuando el cuento de las cuentas en Andorra comenzó, pensé que se trataba de algún país africano. No me avergüenza la ignorancia sobre tan lejana geografía porque el inefable conductor de mi país confunde con frecuencia las ciudades venezolanas con estados. Me excuso con esto, ya que de ellos he aprendido que al descalificar al oponente se puede justificar cualquier horror.

Me enteré luego por Laureano del inusual régimen político andorrano, aunque si a ver vamos, aquí también hay dos copríncipes, según ellos hijos de un mismo padre pero de peor naturaleza que aquel. Tenemos además unas princesas que, carentes de palacio, decidieron un buen día ahorrar para comprar el suyo, eso sí con el sudor nuestro. Deseaban también un título nobiliario para legar a su descendencia. Así, comenzaron a enviar, ni tan poco a poco, las mesadas recibidas desde sus épocas mozas a unas cuentas secretas en el principado europeo. Rápido crecieron los saldos y pronto, desde la política y desde la farándula, los pretendientes a príncipes consortes comenzaron a cortejarlas: "Cásate conmigo y vivamos felices en Europa, allá construiré un Taj Majal para ti".

Muy del siglo XXI y con aspiraciones políticas, las princesas prefirieron asegurar su futuro antes que el amor eterno de los cuentos, ese que ni un tercero al mando ni un actorzuelo pueden garantizar. La menos sosa de las muchachas decidió que no le interesaba apellidarse como tal y partió a la capital del mundo para ocupar una silla en la ONU. Una vez allí, intentó convencer al presidente de Francia, copríncipe de Andorra, de las bondades del socialismo boliburgués y de la necesidad del ascenso al poder en el pequeño territorio de su genuina representante, es decir ella "mesma".

Como sus esfuerzos fueron en vano, amenazó con desatar una crisis económica en aquellos lares, con el retiro de un solo mamonazo de sus ingentes churupos. Sin entender la palabra relativa al fruto tropical, Hollande envió a la morena una copia de la Constitución del principado en la cual reza que los cuenta-habientes de los bancos no tienen derecho a gobernar y que además el título no es heredable como ella quería. Frustrada, armó tremenda pataleta porque ese día pa' rematar, el sonado affaire bancario salpicó su identidad.

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