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¿Es posible el silencio? (II)

Miguel Ángel Hernández / Licenciado en Letras / mahernandez83@gmail.com / @mahernandez83
El poema tienta constantemente su propia constitución, estira los bordes que lo contienen, corriendo el riesgo de caer en el sinsentido, en lo absurdo

En el artículo anterior hablamos de una forma de ejercer el silencio en el interior mismo de las voces que se cruzan en las redes sociales y los medios y ante la constante urgencia que nos empuja a participar de estos, no como una forma de negación o de no aceptación, sino como una manera de que tales medios de comunicación realmente funcionen como canales de expresión, por lo cual este “silencio” sería más una especie de tergiversación, de détournement o mala praxis que altera los espacios de enunciación que se nos ofrecen.

Como se ve, se trata de un gesto político, pero igualmente de una poética. En mayor o menor medida, esa “tergiversación” es la que intenta el poema. Decir como una forma de desdecir, de hablar mal, de hacer silencio. “La escritura tiene como único propósito dejar en blanco a la página. Vaciarla con signos repletos de segundas intenciones”, escribe el poeta Octavio Armand. Esto es, la negación del lenguaje por el lenguaje mismo; más bien, el lenguaje llevado a su extremo, a su forma más radical.

Insistimos: no se trata de afirmar una posición romántica (de alejamiento o rechazo) frente a la cotidianidad, sino de seguir el camino que propone la escritura misma, seguirlo hasta sus últimas consecuencias, donde apenas es posible la significación. Pero tampoco es el “caos” del inconsciente. Se trata más bien de “dejar caer la referencia misma en algún punto externo de referencia que elude lo Simbólico” (S. Žižek). A esto apunta al poema. Todos sus movimientos desregularizadores tienden a llevar la enunciación fuera del radio de acción de la comunicación (entendida como mera transmisión de un mensaje). La pregunta es cómo se pone la referencia en ese “punto externo de referencia”, cómo “dejar en blanco a la página”. Más aún, ¿qué consecuencias tiene? Podríamos pensar, por ejemplo, en un discurso que no consiga destinario alguno, que no atine a construir diálogo, no tanto porque no interpele al lector cuanto porque, vaciado de signos y fuera de todo proceso de simbolización, este debe inaugurar a cada paso nuevas formas de leer, seguir el mismo proceso que llevó al lenguaje fuera de su cauce. Pero además, ¿cómo podría enunciarse el sujeto en ese afuera de la referencia? En todo caso, es preciso asumir tales consecuencias, perder el cuerpo, devenir (reconocerse) discurso, sistema significante siempre desplazado.

De esta forma, el poema tienta constantemente su propia constitución, estira los bordes que lo contienen, corriendo el riesgo de caer en el sinsentido, en lo absurdo; y sin embargo, aun en ese más allá será posible leer, puesto que todo es susceptible de interpretación (cuánto más el blanco sobre blanco, un silencio añadido al silencio).

Por supuesto, quedará suspendida la pregunta sobre cómo eludir lo simbólico, cómo vaciar la página con signos. O bien, podemos arriesgarnos a afirmar que el poema es ese cómo, es el proceso que hace y deshace al mismo tiempo, que instala y derriba con un solo movimiento todos los significados posibles. En consecuencia, leer vendría a ser (per)seguir dicho movimiento para intentar rescatar algo.

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