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¿Es posible el silencio?

Miguel Ángel Hernández / Licenciado en Letras / mahernandez83@gmail.com / @mahernandez83
Intentamos hacer silencio con un gesto engañoso que nos permita ubicar y mover la voz hacia un territorio más cercano, aun cuando sea apenas por un instante

Tal vez comunicar sea la palabra clave. Es necesario hablar, decir, escribir, enunciar(nos). Todos los días, a cada momento, hay un cuerpo textual o discursivo in crescendo, básicamente gracias al omnipresente uso de las redes sociales. Se trata de una urgencia y -a estas alturas- de un mecanismo para incorporar, interpretar y “administrar” las experiencias. De alguna manera, nos entendemos a partir de esa escritura instantánea, o mejor, fugaz.

En esta sobreabundancia textual, ¿qué leemos?, ¿cuánto leemos?, ¿qué vale la pena leer? Las redes son un zapping constante, apenas disimulable a ciertas horas, y lo escrito en un tweet o en un estado pasa casi de forma inmediata al olvido. Los medios de comunicación tradicionales parecen ofrecer un poco más de aliento (solo parecen). Una escritura sin cuerpo real es todo cuanto tenemos. Pero además se nos invita a opinar, a ser partícipes de esa escritura y crear un diálogo, a comentar, a “gustar”, a compartir o a retuitear. La incorporación a dicho diálogo conlleva, por una parte, el hecho de que pasamos a formar parte de una economía (cuyo mercado o plataforma son las propias redes) donde somos al mismo tiempo productores y consumidores, y por otra parte, que, como señala el articulista Rob Horning, “el momento de la propia expresión constituye mutuamente al emisor y al mensaje, lo que enmascara cómo ambos son estructurados por el medio disponible” (pensemos, por ejemplo, en los estrictos 140 caracteres o el hashtag, que ordena, categoriza, nombra, mide, etc., pero también en el espacio en las páginas de la prensa escrita, la mayoría de las veces determinado por la publicidad). Como dijimos, de alguna manera nos entendemos desde estos lugares que se nos ofrecen como espacios de expresión y opinión libres, como espacios para ser, por supuesto, a condición de participar de la fiesta.

Tomando en cuenta lo codificado y estructurado de tales espacios de enunciación, cabría preguntarse entonces por la factibilidad de una verdadera autoexpresión. Pero igualmente podríamos invertir la pregunta: ¿Hay un espacio de enunciación que no esté codificado en mayor o menor medida? Huelga decir que la literatura no escapa a esto.

Por otra parte, además de estas características de los lugares para hablar y opinar, es sintomático que los intercambios propuestos estén regidos por lo instantáneo y efímero las más de las veces (videos virales, trending topics, noticias del momento…), de modo que el espectro temático suele ser bastante corto; lejos de este, probablemente algunos murmullos, cuando no el silencio. Es decir, que hablamos un diálogo que no es nuestro, un diálogo ajeno, pero que ha devenido común y cercano dada su ubicuidad. Luego, esta sobreabundancia de escrituras solo da cuenta de voces con yoes desplazados, expulsados de la propia expresión. El problema es que no logramos reconocer tal desplazamiento y damos por sentado que el yo que pronunciamos es transparente y apunta con claridad a un sujeto pleno. Entonces, ¿quién habla aquí, donde parece no haber nadie? Otros, siempre otros; sujetos políticos, mercantiles, sociales, etc., que nos aúpan a tomar la palabra, a decidir, a votar…

Si tal es el escenario, ¿es posible ser más que un simple portavoz o un mensajero mudo?, ¿existe una posibilidad de hacer frente, si es de esto de lo que se trata? Para Jean Baudrillard (vía Horning), “la estrategia de resistencia es aquella del rechazo a la significación y el habla o la de la simulación hiperconformista de los mismos mecanismos del sistema, que es otra forma de rechazo por medio de la sobreaceptación”.

Si bien el silencio en el contexto de los medios y las redes sociales parece poco menos que imposible, habría que entender este no solamente como la ausencia de discurso, sino además como el proceso de dislocación de los esos mecanismos de producción de sentido y contenido que aquellos ponen a disposición. Piénsese, por ejemplo, en algunos ejercicios que incorporan estos a la escritura poética; podría hablarse en este caso -quizás- de ese “rechazo por medio de la sobreaceptación”; o más que de rechazo, de burla, de cierto movimiento esquivo que parece adherirse a la lógica discursiva de los medios y las redes, pero que, al darle un nuevo uso, en un contexto diferente, altera de alguna manera sus funciones y procedimientos de significación.

Así, este “silencio”, esta mala praxis, sirve como una forma de retomar la propia expresión; tal vez no para bloquear el desplazamiento constante del yo, pero por lo menos para hacerlo visible y reconocer dónde se ubica en un momento determinado la voz.

Por supuesto, pecaríamos de ingenuos si pensáramos que con esto escapamos a las lógicas del mercado y las ideologías; nada más lejos. Recordemos que solo se trata de un gesto de burla. Como animales políticos (sociales), nos vemos obligados a hablar en los espacios predeterminados que ya mencionamos. Mientras tanto, intentamos hacer silencio con un gesto engañoso que nos permita ubicar y mover la voz hacia un territorio más cercano, aun cuando sea apenas por un instante.

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