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Del buen salvaje al buen ciudadano

Otra tentación que suele estar presente en los análisis del ciudadano es la del sobredimensionamiento de la virtud cívica

Hablar de ciudadanía, o en términos más amplios de sociedad civil, sin mencionar el elemento organización es ofrecer una aproximación parcial e insuficiente para un fenómeno social de gran importancia. Es dejar el concepto en un limbo teórico y tan amplio que termina siendo vacío, como ocurre con el uso de “pueblo”. La sociedad civil implica un vínculo con otros, se basa en relaciones, y a partir de ellas en la posibilidad de cooperar y buscar alcanzar objetivos comunes, y todo eso pasa por la organización. En este sentido, el término teórico que debe acompañar todo análisis de la sociedad civil es la acción colectiva.

Otra tentación que suele estar presente en los análisis del ciudadano es la del sobredimensionamiento de la virtud cívica. El ciudadano como ser virtuoso es una idealización premoderna, se puede trazar su origen en la antigua Grecia. Mucho ha ocurrido desde la época de Platón y Aristóteles, las ciudades-estado dejaron de ser el principal conglomerado humano, y con ello las estructuras sociales cambiaron radicalmente hasta hoy, y con ellas las aproximaciones teóricas. Es más pertinente analizar la sociedad civil desde la perspectiva de múltiples actores con intereses distintos que deben cooperar entre sí, y para ello el diálogo es fundamental (y, de nuevo, la noción de acción colectiva).

En la línea de lo anterior, Tocqueville o Hegel son mejores referentes para entender la complejidad de la sociedad civil actual, en la que múltiples intereses conviven, lo que la convierte en un cuerpo heterogéneo. Sí, el ciudadano, y la “cosa pública” en general, deben ir acompañados de ciertos principios morales, pero no son una condición sine qua non para que pueda haber una sociedad civil vibrante y con capacidad de acción. Lo que sí es una condición indispensable es el diálogo entre quienes piensan y buscan objetivos distintos, lo que sí es fundamental es la capacidad de generar acciones colectivas a partir de las diferencias, sin esto la sociedad civil es un término abstracto.

Un aspecto fundamental en cualquier noción de una sociedad civil funcional es el contexto institucional, el cual normalmente debe ser democrático. Una sociedad civil fuerte necesita de cierto grado de institucionalidad democrática, de la misma manera que una democracia fuerte necesita de una sociedad civil vibrante. Sin embargo, cuando esa relación simbiótica se rompe surge la gran interrogante sobre el rol de la sociedad civil, ¿cómo desarrollarse en un contexto que busca aniquilarla? En esa interrogante reside un reto teórico y, más importante aún, un reto práctico. La respuesta primaria es simple, en la organización en torno a intereses particulares.

Las asociaciones gremiales tienen objetivos claramente definidos, las organizaciones protectoras de derechos también, incluso las asociaciones vecinales o consejos comunales tienen objetivos específicos. Como se mencionó antes, el resultado de lo anterior a nivel general es una sociedad civil heterogénea, en la que incluso puede haber competencia entre las propias organizaciones que la conforman, y donde el reto es lograr la acción colectiva hacia objetivos que compartan, y para lo cual el diálogo y la búsqueda de consensos es fundamental. Pensar en una sociedad civil homogénea y moralmente pura es ilusorio, es una utopía que debilita un cuerpo realmente complejo y heterogéneo, pero con una gran fuerza latente.

 

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