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Ciudades invisibles

Diego Lombardi / Economista / diego.lombardi.boscan@gmail.com
Los Estados de alguna manera tienen la tarea de lograr integrar la diversidad, para ello se crean instituciones y leyes comunes

Cada uno imagina el país como una extensión de su realidad, a pesar de reconocer ciertas diferencias evidentes como el tipo de viviendas y, por lo tanto, de diferentes clases sociales, al final cada uno mira el mundo desde sus propios prejuicios. El que no respeta la ley asume que todos hacen lo mismo, de igual manera que aquel que puede comer tres veces al día imagina que en general todos sus compatriotas lo hacen, o el que puede echar gasolina sin hacer cola lo asume como un hecho dado, a pesar de leer las noticias sobre cómo en otras regiones se necesitan horas y días para hacer algo tan sencillo. Las realidades distintas se homogenizan a partir de las concepciones individuales de la realidad.

En el mejor de los casos, cuando se llega a cierto nivel de conciencia acerca de otras realidades se hace en términos dicotómicos: ricos y pobres, urbano y rural, capital e interior. Es decir, el otro y yo. El objetivo es simplificar la realidad para poder manejarla; sin embargo, el costo es alto, significa la negación de contextos complejos y suprime los matices. Por ejemplo, si se piensa razas en el Estado de Texas en Estados Unidos, quizás viene a la mente “blancos” y “mexicanos”; y ciertamente estas son las dos comunidades más importantes, pero las diferencias entre condados van desde algunos con más de 96 % de población hispana a otros con menos de 3 %, todos compartiendo un mismo territorio llamado Texas.

Los Estados de alguna manera tienen la tarea de lograr integrar la diversidad, para ello se crean instituciones y leyes comunes, se comparten símbolos, se busca un lenguaje común, y en general se intenta crear cierta base social. Pero, qué ocurre cuando el Estado falla, cuando pierde el control territorial y su capacidad de acción, las diferencias territoriales empiezan a aflorar. Cuando el Estado pierde el control del territorio, y por lo tanto del monopolio de la violencia, en cada región el más fuerte se impone, y esto significa que cada espacio irá adquiriendo una dinámica específica en torno al grupo dominante, y a su vez a las actividades que representan los intereses de dichos grupos.

Para ilustrar lo anterior basta pensar en el caso venezolano. La realidad del estado Bolívar hoy dista del estado Zulia, mientras que en el primero se han generado mafias en torno a la extracción del oro; en el segundo predominan aquellas que controlan el tráfico de drogas y el contrabando de combustible, y si luego se compara con estos estados el caso de Mérida, Sucre o el Distrito Capital es fácil imaginar que cada entidad ha ido adquiriendo una dinámica particular. Esta diferenciación se agudiza en las regiones fronterizas, hoy el zuliano es más cercano en todos los sentidos al colombiano de los Departamentos de La Guajira y el César, que al venezolano de Oriente.

La consecuencia en el mediano plazo, pero que ya está en curso, es lo que Ítalo Calvino describió en su libro Ciudades invisibles (1972), en el que muestra tipos de ciudades: ciudades escondidas, ciudades continuas, ciudades sutiles, entre otras. ¿Cómo llamar hoy a cada ciudad en Venezuela? Si bien todas son víctimas de una grave crisis, cada una ha ido adquiriendo su propia dinámica, sin duda habrá algunas abandonadas, otras podrán categorizarse como fundamentalmente violentas, quizás algunas ciudades pequeñas sobrevivan como pequeños paraísos, y habrá otras incluso con cierto dinamismo económico. Cada ciudad al final adquiere su propio rostro, y con ellas la realidad individual se configura.

Ciudades invisibles hace referencia a ciudades imaginarias, o inexistentes, según la connotación de la obra de Calvino. Pero también es una metáfora de la manera cómo lo distinto se invisibiliza, solo vemos las otras realidades en la medida que nos confirman nuestros prejuicios, y cuando, por el contrario, amenazan nuestras creencias, optamos por suprimirlas. Metáfora poderosa en la Venezuela de hoy, donde los extremos cada vez se alejan más, donde la fragmentación social y territorial es evidente, y donde, al final de cuentas, cada uno busca invisibilizar la realidad que socava sus creencias. Frente a esta realidad la gran tarea, como siempre lo ha sido, es visibilizar lo diferente.

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