Vicencio Pérez Soto, la barbarie que nos persigue (II)

Ángel R. Lombardi Boscán / Dir. del Centro de Estudios Históricos de LUZ / @lombardiboscan
Buscando datos sobre este Vicencio Pérez Soto (1883-1955), algunos lo describen como un funcionario "progresista" que al estilo de Marcos Pérez Jiménez tuvo debilidad por las obras públicas asociadas a su legado como funcionario

Seguimos con estas crónicas del horror, de "prohombres" de un oficialismo desaliñado, que llegaron a desempeñar cargos importantes como este Presidente zuliano (1926) y cuyos antecedentes sádicos, -si hemos de creerle a Salvador de la Plaza-, no fue obstáculo para alcanzar las primacías de las más codiciadas jefaturas en una Venezuela aún salpicada de sangre, luego del canibalismo practicado tanto para alcanzar El Dorado como la "Libertad" en la Independencia. En la era gomecista fue un fiel servidor de la dictadura de ese entonces.

“En las manos de Pérez Soto cae un prisionero. Pérez Soto revisa el estado Apure y persigue a unos revolucionarios; estos no tienen otro pecado que sublevarse ante tanta ferocidad. Pues bien, Pérez Soto mata al prisionero, le corta la cabeza y la oculta en un saco; luego, se dirige al hato del muerto. Llegado a él solicita a la señora y le pregunta si tiene horno, la pobre señora se desvive por atenderle. El temor la sugestiona, está embarazada y difícilmente puede sostenerse sobre sus piernas débiles. 

Calentado el horno (mientras Pérez Soto conversa con sus secuaces en el corredor de la casa; chistosa es su conversación, hablan de bailes y fiestas para sus jefes), viene presurosa la señora a avisarle. Entonces este criminal le dice que desea desayunarse, que le gusta mucho la carne asada, que busque en aquel saco una cabeza de ganado y la hornee, que mientras esto ocurre él espera. La señora abre el saco, la cabeza de ganado no existe. La señora cae muerta: entre sus manos crispadas agarra una cabeza de hombre. Un chico dice ¡papá!, era el esposo, era el padre que huía. Pérez Soto se ríe y muy contento vuelve a su caballo y sigue la marcha". (Salvador de la Plaza: "Diario").

Buscando datos sobre este Vicencio Pérez Soto (1883-1955), algunos lo describen como un funcionario "progresista", que al estilo de Marcos Pérez Jiménez tuvo debilidad por las obras públicas asociadas a su legado como funcionario. Veamos lo que hizo en Maracaibo: “Culmina la construcción del puente de la Cañada Morillo, asfaltó la avenida Bella Vista, remodeló la Plaza Urdaneta, restauró la Cárcel Pública, construyó un nuevo edificio para el Concejo Municipal de Maracaibo, instaló el Aeropuerto Grano de Oro, construyó un nuevo Teatro Baralt, edificó un nuevo Mercado Principal para Maracaibo, terminó la reconstrucción de la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá y decenas de obras más, muy importantes para la región zuliana". 

Si bien esto puede ser cierto, no disculpa la crueldad ni de contribuir al mantenimiento de la satrapía de Gómez, un conspicuo violador de leyes, normas y constituciones. Con Vicencio Pérez Soto estamos en presencia de un capítulo más de la eterna saga inaugurada por Robert Louis Stevenson con su: El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde (1886).

 

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