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Desdicha del inmigrante

Ángel R. Lombardi Boscán / Dir. del Centro de Estudios Históricos de LUZ / @lombardiboscan
La ilusión del inmigrante venezolano es volver a reencontrarse con una calidad de vida que el chavismo le arrebató. Sólo que este deseo, en la mayoría de los casos termina siendo otra ilusión de armonía, que las duras circunstancias de la vida como extranjero terminan negando

 “Cuando emigras, sientes que ya no eres de tu patria, pero tampoco del lugar en el que estás”.

 Se han marchado cuatro millones de venezolanos al extranjero, huyendo del desastre en que el chavismo ha sumido a Venezuela. Las cifras son reales y avaladas por la ONU, Acnur, OEA y la realidad de nuestras familias rotas. Nadie abandona su propio país de manera ligera o pretende asumirse de iluso turista. Detrás de Siria, país en guerra, Venezuela le sigue en el mundo con más personas que ya no se van del país de manera organizada sino a lo desesperado. Y sí esto no cambia de una vez por todas, con el retorno a la democracia, el éxodo seguirá creciendo. Algunos se refieren a la tragedia venezolana como un Holodomor (matar de hambre); otros a un inmenso Gulag o Campo de Concentración a semejanza de los que existieron en la era soviética y nazi.  

 La escasez y el abandono de los servicios públicos, junto a la inseguridad y la falta de competitividad de los salarios, junto al quiebre de las escuelas y universidades que no ofrecen profesiones con posibilidades de garantizar un futuro a los jóvenes profesionales, son algunas de las causas de este éxodo tan trágico como lamentable y que sin disimulos ha sido estimulado por la actual hegemonía en el poder. Además, este plan de evacuación casi forzado está desangrando a Venezuela de sus muy bien formados profesionales, y de paso, le está enviando una bomba demográfica a los países vecinos, en su mayoría adversarios del chavismo, para desestabilizarlos. 

El chavismo sólo maneja un plan para permanecer en el poder: crear problemas y profundizarlos entre sus propios dirigidos para arrodillarlos. Y quienes no estén dispuestos a esta humillación perpetua: a que se vayan del país. Nadie se quiere ir de su país a las patadas. Otra cosa es muy distinta marcharse uno por propia voluntad con medios de fortuna y un trabajo previamente concertado en el país de acogida. Las inmigraciones forzadas las hacen los desesperados quienes no encuentran presente y futuro en su propio país y el costo a pagar es demasiado elevado. Aun así hay un cálculo optimista que la dura realidad de vivir en el extranjero va disipando en función de la buena o mala suerte.

La desdicha del inmigrante, se inicia desde el mismo momento en que toma la decisión de marcharse a una aventura bajo el peso de la más grande y angustiosa incertidumbre. Lo afectivo-familiar; lo legal y lo económico son tres fardos de grueso calibre. Dejar a la familia rota y dispersa destruye una vida de afectos, cuyo epicentro es la seguridad emocional; además, el reencuentro familiar por lo general siempre se dilata y la culpa se hace omnipresente. La parte legal es cada vez más engorrosa para el inmigrante venezolano, que ahora es visto como un indeseable, como un refugiado que viene a crear más problemas que aportes. Y ese recurso reivindicativo moral de que Venezuela acogió generosamente a los inmigrantes en el pasado no es algo retroactivo.  De hecho, hoy la tendencia dominante en el mundo es la que lidera Matteo Salvini y Donald Trump, que no es otra que orientar todo su discurso nacionalista en el combate en contra de la inmigración masiva de los pobres (aporofobia).

La ilusión del inmigrante venezolano es volver a reencontrarse con una calidad de vida que el chavismo le arrebató. Sólo que este deseo, en la mayoría de los casos termina siendo otra ilusión de armonía, que las duras circunstancias de la vida como extranjero terminan negando. Huyendo de nuestros problemas sociales, muchas veces nos encontramos con mayores problemas, como desarraigados y nuevos huérfanos apelando a una fraternidad humana, cuyo imperio nominal está muy por debajo del acendrado egoísmo humano, alimentado por siglos de odios nacionalistas, culturales y religiosos. 

Hay una novela de actualidad venezolana, escrita en el ya lejano año de 1901 de Manuel Díaz Rodríguez (1871-1927): “Ídolos Rotos”, en donde su autor, un opositor del dictador Cipriano Castro (1858-1924), llega a la conclusión que las guerras civiles y el atraso social sólo conducen al “Finis Patriae”, el exilio tanto interior como el de la huida del propio país.

Que hoy, en pleno siglo XXI, millones de venezolanos tengamos que plantearnos el muy duro dilema de quedarnos o marcharnos, no habla bien de nuestra evolución política-histórica, ni de los logros alcanzados de la mano de la fortuna petrolera que hemos disfrutado y no hemos sabido invertir en resguardo de nosotros mismos. Además, en una época donde la bandera de los derechos humanos goza de un unánime reconocimiento mundial, es inconcebible que nuestros propios gobernantes nos hayan arruinado.

 

 

 

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