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La banalidad del mal en la guerra incivil de Venezuela

Ángel R. Lombardi Boscán / Dir. del Centro de Estudios Históricos de LUZ / @lombardiboscan
 Sin necesidad de declarar la guerra incivil, en los últimos 20 años, el chavismo la impuso a su medida para hacer de la confrontación permanente una guerra de desgaste que ha destruido todo el tejido de nuestra sociología. Y a diferencia de España en 1936, aquí los extremistas no confrontan

“La historia considerará como criminales a los jefes militares que no actúen según sus conocimientos técnicos y políticos y según su conciencia”. Ludwig Beck

Si hay algo que está presente entre los jerarcas del régimen chavista es su indiferencia respecto a una violencia criminal. ¿Cargos de conciencia? Pocos, en realidad muy pocos. Incluso, los más recientes arrepentidos descargan toda su furia en las iniquidades actuales sin expresar ninguna mea culpa cuando detentaban altos cargos. La Constitución, objeto fetiche, nombrada en todo momento y pisoteada en todo momento. En la práctica lo que funciona es un sistema de lealtades tribales sostenidas por negocios e intereses vinculados a un poder punitivo. 

La maldad como disimulo desde una tentación que no se puede contener. Un poder cuya legalidad es hoy una ficción y que solo la fuerza acompaña. Pedirle a la cúpula chavista un reconocimiento del adversario es una aspiración inútil. Para el chavismo no hay adversarios sino enemigos. El chavismo es la expresión de la arbitrariedad desde una violencia sin escrúpulos y del primitivismo político que aspira a la eternidad de un poder en pocas manos. 

Por lo tanto, su capacidad para la negociación en los conflictos que le han supuesto una amenaza para su permanencia en el poder: 2002, 2014, 2017 y el actual, los ha manejado desde una supremacía bélica que sus rivales civiles no han sabido equiparar. “La acción política del chavismo se basa en la lógica militar. Está fundada en el contraataque. Apuesta por el desgaste del adversario y espera el momento adecuado para lanzarse en un movimiento de contraofensiva. Así han reaccionado siempre los oficialistas durante los 20 años del chavismo”. Alberto Barrera Tyszka

La principal “inversión social” que el chavismo ha realizado no tiene nada que ver ni con la industria petrolera ni los servicios públicos, y mucho menos en los programas sociales para el pueblo, sino en los equipos antimotines y la compra de armamento. Además, se ha dejado asesorar por la inteligencia cubana alquilando la soberanía nacional. El adoctrinamiento en las filas castrenses ha sido despiadado porque ese es el músculo, el de la fuerza, lo que le mantiene. Igual controla la censura comunicacional e impone el desarreglo social como estímulo al éxodo masivo de venezolanos, dejando a los que se quedan a llevar vidas exhaustas, alrededor de la fatiga histórica.

Acostumbrados a una hegemonía desde el conflicto social permanente, que ellos mismos estimulan por paradójico que esto sea, se han inoculado en contra de la impopularidad y el desprecio público. Hasta ahora les ha sido suficiente reprimir y castigar bajo un supuesto marco legal acomodaticio a sus designios. En el año 2017 ocurrieron 6 mil 729 manifestaciones en cuatro meses en todo el país con un escandaloso saldo de 163 ciudadanos asesinados. En el 2019, luego de la juramentación de Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela este 23 de enero, ya van 40 asesinados y un millar de detenidos por una represión que va en escalada. 

Mostrando sus trofeos, el cuero cabelludo de los opositores, los chavistas han sabido sobrevivir a su estrategia de guerra permanente porque hasta ahora el teatro de la lucha le era siempre predecible y favorable. Además, toda su actuación represiva y delictiva, caía dentro de la mentira y el disimulo que todo lo encubre. Gente sin escrúpulos que piensan que la Justicia nunca les alcanzará porque ellos son la justicia. 

En la Venezuela de hoy cobran más vigencia que nunca las tesis expresadas por Hannah Arendt en su libro: Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal. Al igual que el operario de las SS Adolf Eichmann, que “solo cumplía órdenes de Estado” para trasladar a los judíos a los campos de exterminio, aquí en Venezuela tenemos toda una red de burócratas y militares dedicados a servir a la cúpula madurista a sabiendas que sus actos son malvados, pero que las prebendas y beneficios que perciben les niegan la posibilidad de asumir juicios de conciencia o algún arrepentimiento redentor. 

Sin necesidad de declarar la guerra incivil, en los últimos 20 años, el chavismo la impuso a su medida para hacer de la confrontación permanente una guerra de desgaste que ha destruido todo el tejido de nuestra sociología. Y a diferencia de España en 1936, aquí los extremistas no confrontan. Por el contrario, estudiantes desarmados con escudos de cartón e ilusiones postergadas, son los que han librado épicas y desiguales batallas contra un ejército armado contrario a respetar los más elementales derechos humanos. La modernidad que se niega a morir enfrentada a la oscuridad de un mundo de verdugos y analfabetas.  

La “normalidad” de la crueldad que hoy está instalada en Venezuela intuye una resolución del actual conflicto sobre fundamentos de una mayor violencia. Sostiene Miguel Ángel Campos que: “Desde un balance de la culpa solo algo es claro, el crimen es de tal magnitud que solo un crimen mayor supone salir de esto sin castigar a los culpables”. 

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