¿Hasta dónde resisten los pueblos?

José Manuel Rodríguez / Asesor / Consultor político / josemrbconsultor@gmail.com
El mensaje debe ser claro, los pueblos pueden ser resilientes, pero no por eso son pendejos y tarde o temprano buscarán y encontrarán los mecanismos de conseguir la libertad de escoger su destino. Porque cuando el amor no es recíproco, termina por acabarse

“Los gobiernos que han pretendido sofocar la voz libre de los pueblos, han muerto asfixiados apenas se ha hecho el silencio que apetecían”. José Enrique Rodo

¿Hasta dónde resiste un pueblo? Eso deberían planteárselo muy bien todos aquellos que llegando al poder se embriagan con el mismo, pretendiendo eternizarse en el mismo dominándolos mediante el engaño, la trampa, y la sumisión.

La historia así lo demuestra. Está plagada de páginas funestas escritas por hombres que tras promesas de justicia e igualdad para los más desposeídos terminaron dominándolos con bota de hierro, producto de la desmedida gula de poder absoluto, pero que más tarde o más temprano terminaron pagando caro el haber traicionado arteramente a quienes un día los encumbraron como sus salvadores.

Hitler, Mussolini, Stalin, Ceaucescu, Hussein, Khadafi, Pinochet, Idi Amin, Somoza, Trujillo, Mengistú, Pol Pot, Videla, Franco, Noriega; fieros dictadores y comprobados genocidas, ninguno tuvo una salida decorosa. Los que no pagaron con su vida, con persecución, exilio, destierro o con prisión sus desmanes y su desprecio por la vida de sus ciudadanos, lo hicieron con el repudio y la condena perpetua de la historia.

Cabe entonces preguntarse ¿es tan innoble y bajo el deseo de poder, que la condena a la miseria de todo un pueblo justifica las más bajas acciones cometidas por algunos hombres contra sus semejantes?

Los pueblos resisten hasta que el hambre y el deseo de libertad son más grandes que el miedo. Cuando se llega al límite de la desesperanza y da lo mismo perder la vida en la calle víctima de un balazo, que de hambre en la casa o de mengua en un hospital, allí se acaba el amor. Al miedo lo termina sepultando la dignidad, el deseo de romper las cadenas de la opresión y el grito de libertad contenido durante años de agonía, en las gargantas atenazadas por el guante de hierro del que en vez de gobernar domina.

Los pueblos quieren ser gobernados, dirigidos por los caminos de la prosperidad, del desarrollo, del progreso en paz, con tranquilidad, con seguridad jurídica y personal, no oprimidos ni dominados. ¿No es esta la mejor forma de mantenerse en el poder, sostenidos por el amor de los ciudadanos y no atornillados a él por el temor de las masas?

El mensaje debe ser claro, los pueblos pueden ser resilientes, pero no por eso son pendejos y tarde o temprano buscarán y encontrarán los mecanismos de conseguir la libertad de escoger su destino. Porque cuando el amor no es recíproco, termina por acabarse.

 

 

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