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¿Patria para quién?

José Manuel Rodríguez / Analista / Consultor político / @ingjosemanuel
El hambre y la desolación no tienen pausa ni dan tregua, y son los pueblos los que terminan marcando el rumbo inexorable de la historia, y comienzan a escribirla cuando el hambre, la miseria y la enfermedad sobrepasan al miedo y al conformismo

“En un país bien gobernado debe inspirar vergüenza la pobreza. En un país mal gobernado debe inspirar vergüenza la riqueza”. Confucio

Vive nuestro país un oscuro panorama, inscrito en una de las coyunturas políticas más delicadas de nuestra historia enmarcada en una crisis económica y social sin precedentes.

Cuando se inicia un nuevo mandato presidencial bajo el signo y la sombra de la ilegitimidad del Presidente, el debate político se exacerba, las acusaciones van y vienen y la comunidad internacional anuncia medidas contundentes contra el Gobierno que está por instalarse en un dudoso segundo período presidencial consecutivo, el pueblo se sigue ahogando en problemas en los que se le va la vida y que son por mucho, más grandes que su limitada capacidad de respuesta.

Mientras un kilo de queso duro ya pasa la frontera de los cuatro mil bolívares soberanos, un medio cartón de huevos va por los dos mil quinientos, la carne por cerca de los tres mil y los entendidos pronostican una inflación de ocho cifras para finales de este primer mes del año, la conflictividad política va en aumento, alentada por un Gobierno que no da la menor muestra de voluntad política, por dar un viraje hacia las verdaderas necesidades que asfixian al venezolano de a pie, sino más bien pareciera arreciar el escenario de confrontación haciendo valer la consigna de que "la revolución hay que defenderla al costo que sea", entendiendo que el costo sea el hambre, la miseria, el destierro y hasta la vida misma de todo un pueblo.

Ya en muchas ciudades por no hablar de poblaciones y caseríos del interior del país, las calles desoladas, en cada casa va quedando un vacío, porque millones de compatriotas se han visto empujados a abandonar el país, buscando oportunidades que les permitan sobrevivir a ellos, y a quienes van dejando atrás.

El éxodo venezolano no tiene precedentes históricos en la región; no son suposiciones ni rumores, cómo pretende hacer ver el Gobierno en una muestra total de descaro e indolencia, es una realidad que se vive a diario en el aeropuerto de Maiquetía y en los pasos fronterizos hacia Colombia y Brasil y que ha prendido las alarmas en todos los países de Latinoamérica por las implicaciones que este fenómeno lleva consigo. 

Paradójicamente atrás van quedando los más vulnerables, ancianos, niños, discapacitados, porque los brazos fuertes y el conocimiento son los que están solicitados en el exterior para poder trabajar.

Una diáspora de la cual no se conocen números exactos, pero se habla de más de cuatro millones de connacionales que huyen del pandemónium en que tienen convertida a nuestra nación. Y los que habrá que seguir contando ante el agravamiento de la situación.

La gente necesita soluciones urgentes, inmediatas a los graves problemas económicos que tiene al 80 % de la población en la pobreza, vengan estas de donde vengan. Hay que recuperar a este país destruido, abandonado a su suerte.

El hambre y la desolación no tienen pausa ni dan tregua, y son los pueblos los que terminan marcando el rumbo inexorable de la historia, y comienzan a escribirla cuando el hambre, la miseria y la enfermedad sobrepasan al miedo y al conformismo. Aún estamos a tiempo de trabajar para salvar a Venezuela, porque por dónde vamos solo cabe preguntarse: ¿Y patria para quién?

 

 

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