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“Los buses son las balsas del siglo XXI”

Ángel R. Lombardi Boscán/Dir. del Centro de Estudios Históricos de LUZ/@lombardiboscan
Aunque visto en perspectiva ya no hace falta recuperar nada. Humillados y silenciados, donde todavía hoy son muchos en Centroamérica y la Cordillera Andina, siguen siendo seres explotados por los herederos de los españoles: los mestizos criollos “La mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo crió, es el descubrimiento de las Indias; y así, las llaman Mundo Nuevo”. Francisco López de Gómora (1511-1566)

Los cronistas de Indias deformaron la realidad americana y se inventaron un “Nuevo Mundo”. Es evidente el predominio de los símbolos, mitos y representaciones mentales para domesticar la realidad y hacerla conveniente a nuestros designios e intereses. El principal operador de esta deconstrucción que invita a resignificar es el lenguaje.

Así tenemos que los indios, los originales habitantes de América, fueron llamados así porque Colón y los primeros navegantes europeos creyeron erróneamente que las nuevas tierras eran un apéndice desconocido del continente asiático. Venezuela, según cuenta la leyenda, fue un invento: Alonso de Ojeda (1468-1515) al recorrer los palafitos de los aborígenes en el Lago de Maracaibo le recordó a la ciudad acuática de Venecia.

Nueva Cádiz, Nueva Toledo, Trujillo, Mérida, Nueva España, La Española y tantos otros registros toponímicos fueron levantados por los hispánicos en un intento de reeditar sus querencias de origen. Solo que la inmensidad de una geografía indómita y la presencia del “enemigo”, los Caribes, les hizo reconocer a regañadientes que para obtener el botín al que aspiraban, motivó el “Descubrimiento”, y debían hacer la guerra sin miramientos.

Toda la imaginería de los españoles en América durante el primer contacto en las islas del Caribe fue de corte medieval. La mayoría de los cronistas deformaron la realidad americana e impusieron la propia, y sobre todo, justificaron el saqueo criminal y su principal derivado: la esclavitud sobre los indios. Algunas voces conmovidas de frailes y sacerdotes apenas lograron paliar este hecho. El cristianismo, ideológicamente, logró subliminar el horror, mas nunca evitarlo. Las Leyes de Indias fueron un mamotreto legislativo impracticable que tuvo en la inmensidad del océano a su principal objetor.

Los indios, al principio amistosos, ante la novedad de los recién llegados, se dedicaron a la rebelión activa ante los abusos y tropelías de los llamados conquistadores. El principal agravio fue la violación sexual sistemática de las esposas, hijas y mujeres. La conquista militar de América no solo tuvo un incentivo material alrededor de los metales preciosos, sino también, el sexual. “A su vez el almirante notificó al rey las perversas intenciones de estos hombres malvados y rebeldes, y le manifestó que no hacían otra cosa sino robar, violentar a las mujeres, saquear todos los lugares de la isla, comportándose como asesinos, hombres desalmados, traidores que habían perdido todo el temor de Dios”. Casi nada. 

Este relato es de Girolamo Benzoni (1519-1570) que era una especie de periodista de sucesos en el siglo XVI. El que quiera ampliar estas noticias sobre la conducta delincuente de los conquistadores hispánicos puede consultar la obra: La Historia del Mundo Nuevo (1572). 

La Conquista de América se hizo a control remoto. Y los aventureros codiciosos no iban con ningún plan civilizatorio creíble. El rey y la reina dictaban ordenanzas y decretos que las avanzadas españolas y alemanas (en el caso de Venezuela con los Wélsares) apenas ponían los pies en América desestimaban por completo. El “se acata, aunque no se cumple” era el desiderátum de unos hombres de presa que luego de acabar con los aborígenes se dedicaron a producir sus propias “guerras civiles”. El origen de los criollos americanos está aquí. 

Girolamo Benzoni, nacido en Milán, Italia, ya tenía como cronista de esta primera avanzada europea sobre América, una visión “nacionalista”. Colón, su compatriota, fue el gran héroe caído por los celos y envidias de los mismos españoles compañeros de ruta. En su relato, seco y poco dado a los adornos literarios, hay todo un expediente en torno a la masacre propinada por los españoles a los indígenas. A pesar de su repugnancia deja colar la justificación de que se estaba tratando con caníbales y seres irracionales equiparables a las bestias. Una vez más la dialéctica entre un estado mental programado ideológicamente y la dura y pura realidad. La “perspectiva histórica real” (Angelina Lemmo (1933-1988) está ausente en los Cronistas de Indias. 

Toda la historiografía colonial producida a partir del año 1492 se fundamenta en los prejuicios de los europeos. Bartolomé de las Casas (1484-1566) dictaminó desde un humanismo con doble rasero que los indios poseían alma y debían ser resguardados, mientras que los negros esclavos traídos de África por la fuerza, podían llevar a cabo las tareas económicas para la explotación de minas y tierras como espléndidos sustitutos.

A este buen fraile, precursor de los derechos humanos, no se le ocurrió defender a los pieles negras. Otro de su estirpe celestial, no compartió su entusiasmo: Fray Diego Durán (1537-1588), se dio por vencido luego de varios intentos por evangelizar a los díscolos indios a los que acusó de indomables idolatras, es decir, gente bárbara sin remedio. 

La historia de la Conquista de América sigue en deuda para conocer el testimonio de los pueblos indígenas que lloraron sangre y aprendieron el arte de la rendición. Aunque visto en perspectiva ya no hace falta recuperar nada. Humillados y silenciados, donde todavía hoy son muchos en Centroamérica y la Cordillera Andina, siguen siendo seres explotados por los herederos de los españoles: los mestizos criollos. Toda justicia para que sea verdadera implica una reparación hacia los injuriados: los indios de este continente aún lo esperan. 

 

 

 

 

 

 

 

 

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