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El cristiano, el odio y el delito de estudiar

Crisanto Gregorio León/Abogado/escritor/ crissantogleon@gmail.com
Es injustificable, incluso, que quienes sí han podido formarse, igualmente tengan un corazón lleno de odio hacia quienes también lograron hacerse con dedicación de un título universitario, como si la exclusividad del estudio fuera del envidioso lleno de odio

Todo acto o pensamiento de odio es un acto de asesinato ante los ojos de Dios. Es un pecado grave cuando por odio o desesperación rebelde, se desea la muerte de otro y peor aún, si se le maldice. El odio nunca está justificado para un cristiano. Es un pecado del corazón, es un pecado del alma. No hay pasión más ilusa y fanática que el odio, sentenció Lord Byron.             

Hay quienes odian y en su ardor desean la muerte del prójimo, con tal de ver satisfechos sus deseos de venganza por envidia. El quinto mandamiento de la ley de Dios ordena “no matarás” y cuando una persona desea fervientemente la muerte de otra, especialmente por motivos de envidia y odio, ha pecado tal como si hubiese asesinado y por tanto el pecado es el mismo.

La gente odia a quienes les hacen sentir su propia inferioridad, así lo expresó Henry Wadsworth Longfellow y esto en razón de la envidia que crece en los corazones de quienes tienen una conciencia alterada. Ya lo dijo Víctor Hugo, el escritor de Los Miserables, “la conciencia es la presencia de Dios en el hombre”; de modo que quien no tiene a Dios, tiene una conciencia llena del diablo en la que muchos pecados comprometen el alma de quienes así se conducen en la vida.

Cuando la envidia y el odio ocupan sitio en el corazón de las personas, su mundo es amargo y nada satisface sus deseos de venganza injusta, que no sea ver derrotada y hasta muerta a la persona a la cual odian por envidia.

Muchas personas dedican grandes sacrificios y muchos años para formarse académicamente para lograr metas y aspiraciones en la vida, para forjarse un futuro mejor y seguramente en sus mentes y en sus corazones lamentan que otros no puedan hacerlo. No es culpa ni responsabilidad de quien con sacrificio estudió, la circunstancia por la cual otros no hayan podido lograr esas metas.

Por supuesto que estudiar no es un delito, pero sí lo es para el envidioso que no quiso o no pudo estudiar y en su carencia llena su corazón de odio para con su prójimo, como si haber estudiado constituyera una ofensa para el envidioso lleno de odio. Es injustificable, incluso, que quienes sí han podido formarse, igualmente tengan un corazón lleno de odio hacia quienes también lograron hacerse con dedicación de un título universitario, como si la exclusividad del estudio fuera del envidioso lleno de odio.

Son tantas aristas como pecados hay en el corazón de la persona que odia al prójimo, por envidia o celos. En todo caso “les molesta el título universitario del prójimo”. No debería haber ningún motivo de odio en el corazón de los cristianos, pero si tu corazón destila odio por razones fútiles y especialmente por  envidia, entonces no eres ni puedes llamarte cristiano. 

 

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