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Síndrome de un país nulo

Leandro Rodríguez Linárez / Politólogo / leandrotango@gmail.com / @leandrotango
La actividad opositora está criminalizada, perseguida, apresada, inhabilitada; la oposición existente se encuentra entre “líderes” autoimpuestos, sospechosos, entre divisiones, incapaz de generar confianza, el pueblo se encuentra ocupado tratando de sobrevivir

El Gobierno se encuentra más ocupado en mantener el control dentro de su desquebrajada estructura que en el país, ello con la finalidad de preservar su débil sustento en el poder, esto trae como consecuencia la anomia política, económica y social, la institucionalidad/autoridad, se ha convertido en una jungla salvaje donde ni la Constitución prevalece, se impone el criterio de 545 asambleístas del PSUV, autoproclamados todopoderosos, dicho sea de paso, con diversas corrientes entre ellos mismos.

No tenemos país, quienes lo desgobiernan imponen un proyecto cavernario, que amella la dignidad. Por otro lado, la oposición se encuentra anulada por errores propios, pero principalmente porque el régimen ha sabido acribillarla a través de sus instituciones rojas rojitas, como la PDVSA autodestruida. La actividad opositora está criminalizada, perseguida, apresada, inhabilitada; la oposición existente se encuentra entre “líderes” autoimpuestos, sospechosos; entre divisiones, incapaz de generar confianza, el pueblo se encuentra ocupado tratando de sobrevivir, no son exageraciones, por ejemplo, al momento de escribir este artículo (martes 26 de junio 2018) un kilo de plátanos cuesta 550 millones de los bolívares del 98’, año en que comenzó la destrucción de un país cuya rivalidad más llamativa era la de caraquistas contra magallaneros. 

Se necesita un liderazgo claro, que hable con verdades, que haga entender a los venezolanos la necesidad de corregir este apocalíptico castro-proyecto que destruye nuestra venezolanidad; que encarna todo contra los que se opusieron: Bolívar, Miranda, Sucre y todos aquellos que perdieron riquezas y vidas para obsequiarnos un país libre; libertad que hay que preservar a través de la educación y el trabajo; esto último hay que saber comprenderlo.

El venezolano no quiere un Mesías, ya aprendió la lección; requiere de un liderazgo sincero, que hable con la verdad, que muestre el verdadero camino a seguir, que no oculte sacrificios. Olvidémonos de idiotizantes ideologías, de promesas cazabobos de ser un país potencia sin sacrificio ni esfuerzo, olvidémonos de supuestas indefectibles alianzas internacionales, cuando la alianza determinante es la de un pueblo exigente con sus gobiernos obedientes, eficientes, transparentes, que hagan de las instituciones moradas de ley; de gente capaz, profesional. Venezuela, como nunca antes, está urgida de un liderazgo que sepa guiar este efervescente e inconmensurable anhelo de cambio, de país. 

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