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Cuento fantástico

Noel Álvarez / Coordinador Nacional de IPP-Gente / Noelalvarez10@gmail.com / @alvareznv
Sería insensato negar que la democracia tiene cosas buenas, pero tampoco se debe pasar por alto, que muchos filibusteros han encontrado los intersticios por donde colar sus “marramuncias”. Si nos atenemos a la teoría de los sistemas debemos aceptar que está llegando el momento de discutir las adaptaciones y mejoras que requieren los sistemas democráticos

La democracia ha pasado a convertirse en una especie de fetiche ¡ay de aquel que ose discrepar de ella!, aunque sea ligeramente, porque será cocido en el fuego eterno de la historia. Sería insensato negar que la democracia tiene cosas buenas, pero tampoco se debe pasar por alto, que muchos filibusteros han encontrado los intersticios por donde colar sus “marramucias”. Si nos atenemos a la teoría de los sistemas debemos aceptar que está llegando el momento de discutir las adaptaciones y mejoras que requieren los sistemas democráticos, para lograr su adecuación a los tiempos actuales.

El escritor polaco Witold Gombrowicz, durante su exilio en Argentina, se refirió a la democracia de la siguiente forma: “Ese día en que la voz de un analfabeto cuente lo mismo que la voz de un profesor, la voz de un idiota lo mismo que la de un potentado, la voz de un canalla lo mismo que la de un hombre honrado, es para mí el más loco de todos los días. Los adjetivos a que se refería el escritor, son los atributos que se predican del sufragio democrático: directo, igualitario, libre, secreto y universal. 

Mi tía Filotea, también arrimó la brasa a la cuestión y como persona conocedora de las Sagradas Escrituras, me recuerda que: desde que la gente eligió a Barrabás por encima de Cristo, se sabe que son las emociones las que dominan a la hora de votar para el ciudadano desinformado y no un cálculo racional de lo que más le conviene a una sociedad. 

John Stuart Mill  propuso enmendar el sufragio universal para otorgar dos votos, en lugar de solo uno, a las personas educadas de la sociedad, sin privar a los no educados de su voto individual. Cada persona tendría, al menos un voto; pero no necesariamente uno solo. 

David Estlund, profesor de filosofía en Harvard, explica la lógica que subyace a la posibilidad epistocrática de la siguiente forma: “Si algunos resultados políticos cuentan como mejores que otros, seguramente algunos ciudadanos son mejores o menos malos que otros, en lo que se refiere a su sabiduría y buena fe para la promoción de los mejores resultados”.

Yo pienso que, nada garantiza que la concurrencia de todas estas capacidades produzca un votante “vocacionalmente”  racional; así como tampoco evitaría la influencia de las emociones o la mala fe en el acto electoral, sin embargo, quizás valga la pena elucubrar sobre la posibilidad de disminuir el número de votos no informados o la de contrarrestar su mayor proporción. 

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