Conoce las plantas que caminan

Agencias / [email protected]
Es cierto que todas realizan la fotosíntesis, aunque algunas complementan esa función autótrofa con una depredación sobre los animales, como las plantas carnívoras

Entre los rasgos que distinguen a los animales de las plantas podemos afirmar que los animales son heterótrofos — no hacen la fotosíntesis, sino que consumen a otros seres vivos para obtener energía— y se mueven, mientras que las plantas son autótrofas —hacen la fotosíntesis— y no se mueven. Estos rasgos, sin embargo, no siempre son universales.

Los movimientos de las plantas

Algunos animales secuestran cloroplastos de las plantas y algas que consumen y pueden realizar la fotosíntesis; hay otros, como las esponjas, que no se mueven, son totalmente sésiles, y de hecho, no tienen sistema nervioso.

Respecto a las plantas, es cierto que todas realizan la fotosíntesis, aunque algunas complementan esa función autótrofa con una depredación sobre los animales, como las plantas carnívoras. Estas son ejemplo evidente de que algunas plantas sí pueden moverse, o al menos algunas de sus partes.

En realidad, todas las plantas tienen la capacidad de mover parte de su cuerpo en función de estímulos externos como el contacto, la luz o la gravedad. Este tipo de movimientos se denomina nastia —movimientos puntuales, como la hoja del árbol Mimosa pudica, que se cierra al contacto y se vuelve a abrir— o tropismos —movimientos continuos y prolongados, como las hojas de una planta buscando el sol—. Pero, si hay algo que hacen los animales y no las plantas es desplazarse, ¿no?. Pues tampoco.

Las plantas que se desplazan

Como pasaba con el movimiento, todas las plantas pueden desplazarse por el espacio en algún momento de su ciclo vital: cuando están en forma de fruto o de semilla. Lo que pasa es que no lo hacen de forma voluntaria ni dirigida, sino que son desplazadas por otros factores, generalmente, el viento, el agua o algún animal.

Las sámaras de arce —esos frutos que, cuando caen, parecen helicópteros— o las semillas del chopo —que recuerdan a pelusas— se desplazan por la acción del viento, algo que se denomina anemocoria. Una de las semillas que mejor representa el transporte por el agua, o hidrocoria, es el coco, que coloniza nuevas islas arrastrado por las corrientes marinas. Respecto al transporte por animales, hay frutos, como los abrojos o las bardanas, que se adhieren al pelaje y caen a cierta distancia de la planta madre. Otros cuyas semillas resisten el paso por el tracto digestivo del animal que las come, y son depositadas con las heces. Estos dos procesos se denominan exozoocoria —el externo— y endozoocoria —el interno.

Pero además hay plantas que aprovechan este tipo de factores, no para transportar sus frutos, sino para transportar a la planta entera o a un fragmento suyo, para que pueda arraigar en otro lugar.

Los estepicursores —también llamados plantas rodadoras—, se secan, y en ese estado, más ligeros, son desplazados rodando por el suelo gracias a la acción del viento, atravesando estepas y desiertos hasta ser depositados en algún lugar con agua donde rehidratarse y volver a arraigar. Otras plantas, como el azotalenguas (Galium aparine) cuenta con diminutos ganchos a lo largo del tallo y hojas, que se adhieren al pelaje de los animales de forma similar al velcro. Cuando un animal roza la planta, una parte o su totalidad es arrancada y transportada, hasta que cae al suelo y vuelve a arraigar.

La palmera que (casi) camina

Hablamos de Socratea exorrhiza, aunque otras especies como Iriatea ventricosa han demostrado una función similar. Pero, tanto en el título como en la oración anterior, se ha hecho una matización muy específica e importante, y es que casi se puede decir de esta planta que camina, pero no lo hace per se. Para entender la diferencia, primero debemos saber cómo se desplaza esta especie, y en qué condiciones lo hace.

Estas palmeras, nativas de las selvas tropicales americanas, emiten raíces adventicias a partir del tallo. En botánica se denomina “adventicio” a aquel órgano que surge en una posición atípica; por ejemplo, como es el caso, nuevas raíces que, en lugar de surgir de raíces previas o del primordio radicular, surgen del tallo.

Estas raíces adventicias nacen solo en el momento en que el tallo está en contacto con el suelo o muy cerca de él; es decir, cuando la planta ha sido derribada. Las raíces previas que tuviera, que han quedado más atrás, donde antes estaba la base del tallo, ahora expuestas, se pudren. El tallo, por su parte, gracias a estas nuevas raíces que lo siguen nutriendo, sigue creciendo en sentido contrario al de la gravedad, enderezando de nuevo la planta.

El resultado final es que, gracias a este proceso, la planta se ha desplazado cierta distancia respecto donde estaba previamente.

Casi camina, pero no camina realmente

Existen notables diferencias entre un organismo que camina, y lo que hacen estas palmeras. En primer lugar, al caminar no se pierden partes anatómicas para formar nuevas estructuras, algo que sí sucede en estas palmeras. Y por otro lado, un organismo que camina lo hace deliberadamente, con la intención de ir a algún lugar, mientras que en estas plantas es algo totalmente incidental. Ni siquiera se debe a estímulos o a factores de estrés, como sucedería con una nastia o un tropismo; no se desplaza buscando humedad, ni tampoco escapando de una inundación, ni a favor o en contra de una pendiente; solo lo hace cuando la planta es derribada por causas externas, y no tiene control respecto a la dirección en la que se desplaza.

Se trata, en realidad, de una adaptación evolutiva, que evita que la palmera muera una vez arrancada del suelo y derribada. Una adaptación fascinante, pero con el mismo sentido que los estepicursores o el azotalenguas; un desplazamiento real de una planta completa, pero totalmente dependiente de factores externos —el viento en los estepicursores, los animales en el azotalenguas, y en el caso de la palmera, la perturbación que la arranque del suelo—, y sobre el cual la planta no tiene ningún control.

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